"LAS PALABRAS DEL DESCONOCIDO", NUEVA NOVELA DE JOSÉ MANUEL CRUZ

EXPOSICIÓN DE JUAN MUÑOZ EN EL MUSEO DEL PRADO: CONDICIÓN HUMANA Y METAFÍSICA DISTANCIADA

  

"Mi obra trata de la historia, de la toma de conciencia de mi condición actual y los fragmentos de memoria" (JUAN MUÑOZ)

Desde el 18 de noviembre de 2025 y hasta el 8 de marzo de 2026, se celebra en el Museo del Prado la exposición Juan Muñoz: Historias de Arte, la cual, comisaria por Vicente Todolí, director de la Tate Modern entre 2003 y 2010, tiene lugar en las salas C y D del edificio Jerónimos y en varios espacios del edificio Villanueva (sala 12, dedicada a Velázquez, 28, dedicada a Rubens, escalera sur, próxima a la entrada de Murillo y en la explanada de la puerta de Goya), con la intención de establecer un diálogo entre el arte contemporáneo del escultor expuesto y el arte (vamos a decir) clásico mostrado en la principal pinacoteca de nuestro país. En pocos artistas como en Juan Muñoz se cumple el aforismo de Hipócrates que afirmaba que ars longa, vita brevis, es decir, "el arte es duradero, la vida es breve". Nació en Madrid el 18 de junio de 1953 en Madrid y murió en Ibiza el 28 de agosto de 2001, cuando solo tenía 48 años de edad, víctima de un aneurisma. A pesar de morir relativamente joven, el artista nos dejó una obra plena de personalidad y poseedora de una capacidad expresiva de gran envergadura que la muestra que estamos comentando logra reflejar de modo irreprochablemente convincente. Si en nuestro anterior artículo nos referíamos a las tendencias no figurativas del arte español, Juan Muñoz se inscribe sin ambages en las tendencias neorrepresentativas y neoicónicas porque, sin duda, en su obra hay figuración pero la misma se aleja de cualquier posición realista para adentrarse en miradas y perspectivas que buscan tanto la distorsión como la lucidez.



Trece riéndose unos de otros (2001) de Juan Muñoz


Los personajes que esculpe Juan Muñoz no son identificables con ningún tipo humano reconocible a primera vista ni los hallamos en situaciones que nos resulten familiares. Todas sus obras tienden a recrear escenas que son, en todos los casos, excéntricas y susceptibles de generar una honda sensación de extrañamiento al espectador, el cual podrá y, casi tendríamos que decir, debería adentrarse en el espacio escénico que el escultor propone y recorrerlo para revisar las obras desde todos los puntos de vista posibles. Porque, inspirándose en el Barroco (y de ahí la importancia del diálogo que la exposición propone con las obras clásicas), Juan Muñoz no nos presenta esculturas individuales aisladas sino que bien las sitúa en un espacio particular escasamente convencional –como en El apuntador (1988), Ventrílocuo mirando a un doble interior (1988 y 2000) y George con líneas paralelas (1989)– bien crea composiciones de grupo de las que surgen extrañas interacciones entre los personajes allí representados –como en Sin título (Balcones y suelo óptico) (1992), La naturaleza de la ilusión visual (1994-1997) y Trece riéndose unos de otros (2001)– bien esculpe figuras realizando gestos o acciones al límite forzando todos los límites de lo previsible –según vemos en A partir de Degas (amarillo) (1997), Figura suspendida de un pie (1999) y Narices rotas llevando una botella nº2 (1999)–. Si el Barroco se caracteriza por sus líneas imposibles y su capacidad de crear una apariencia del espacio diferente a su configuración real, generando una sensación de "fantasía", Juan Muñoz lleva a cabo una estrategia similar pero para producir en el espectador una percepción de "choque" o "estupor" que es el punto de partida de la relación de aquel con la obra: el observador, forzosamente, tiene que plantearse que está viendo, dar cuenta de ello y hallar, si no una explicación, al menos una hipótesis que pueda ser más o menos plausible.
 


Trece riéndose unos de otros (2001) de Juan Muñoz
 
 
Si intentamos encontrar alguna similitud de lo que contemplamos en las obras de Juan Muñoz que pueda resultar esclarecedora, yo apuntaría a muchas de las situaciones más surrealistas y enigmáticas que aparecen en las películas de David Lynch: personajes extraños y peculiares llevando a cabo acciones que nos resultan imposibles de llegar a entender. Los personajes de Juan Muñoz tienden a parecernos algo así como duendes o duendecillos arrojados a un mundo incomprensible a los que observamos con una rara mezcla de curiosidad y compasión. Y, en este punto, es donde podemos captar que, en última instancia, el artista intenta explorar y reflejar la condición humana. Los personajes y personajillos del escultor, con sus precariedades, fragilidades y vulnerabilidades a flor de piel, no hacen más que representar las precariedad, fragilidades y vulnerabilidades de nosotros mismos. El espectador, inmerso en las escenografías que Juan Muñoz supo crear, no está contemplando algo ajeno a él sino una especie de espejo que le devuelve la imagen real de su condición. Podemos deducir, en consecuencia, que, desde un distanciamiento tan irónico como incisivo, las esculturas del artista son implacables escalpelos que ahondan en nuestra naturaleza, por lo que todo su arte viene a ser una metafísica construida desde el distanciamiento y la lejanía. Vemos las esculturas de Juan Muñoz y es como si una razón superior nos observara y descubriera lo que somos y lo que escondemos. Y, tras el descubrimiento, solo cabe la humildad y el destierro de cualquier rastro de soberbia o prepotencia.


Trece riéndose unos de otros (2001) de Juan Muñoz

 

Nuestra primera reacción tras identificarnos y llegar a discernir qué somos podría ser de cierta prevención. Pero, parándonos a pensar un poco ante estas esculturas, podremos ir cayendo en la cuenta de que no hay nada que temer. Los personajes pueden parecernos insignificantes en un entorno que los minimiza y los convierte en minúsculos pero se aprecia en ellos de forma nítida la alegría y algo parecido a la felicidad. Viendo las obras de Juan Muñoz, podemos ser optimistas: sus personajes, a pesar de parecer encontrarse caminando sobre un fino alambre, nunca llegan a perder el equilibrio ni se ven abocados a desenlaces dramáticos. Más bien, parecen estar envueltos en una atmósfera que resulta levemente protectora y acogedora. La inquietud siempre deja paso a un tímido pero factible halo de esperanza. Frente a otras propuestas y trayectorias, nos encontramos en esta exposición con la fe, aunque pueda ser precaria e inestable, en la posibilidad de la comprensión y de una cierta vía de salvación y escape. Por eso, las esculturas de Juan Muñoz acaban llamándonos la atención y resultándonos anómalas dentro del panorama del arte contemporáneo: no nos condenan sino que nos animan a buscar una cierta redención, no nos castigan sino que generan la expectativa de una inesperada grandeza, no son sombras sino la primera luz al este de una nueva y tal vez fructífera jornada.

 


 

Información en la página web del Museo del Prado sobre la exposición: https://www.museodelprado.es/actualidad/noticia/juan-muoz-historias-de-arte-el-dialogo-del/ef332755-314b-52e8-4630-9b28ff47610e


 

 

 

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