"LAS PALABRAS DEL DESCONOCIDO", NUEVA NOVELA DE JOSÉ MANUEL CRUZ

43º FESTIVAL DE TEATRO DE MÁLAGA: "LA ÓPERA DE LOS TRES CENTAVOS" DE BERTOLT BRECHT

 


Bertolt Brecht (1896-1956) es sin duda uno de los grandes escritores del siglo XX, uno de sus principales dramaturgos y una figura que encierra todas las contradicciones de esa centuria tan compleja como convulsa. Pasa por ser un escritor combativo y militante revolucionario pero se le atribuye la frase de que "la única forma sensata de luchar contra el fascismo no es dejando de aplaudir, sino aplaudiendo menos" (la cual no anima precisamente a tomar una actitud beligerante) y, tras la II Guerra Mundial, se instaló en la Alemania Oriental siendo nombrado por el gobierno comunista director del Deutsches Theater y pudiendo formar sin demasiadas dificultades la compañía teatral Berliner Ensemble (que aún sigue existiendo hoy rodeada de una aureola mítica). En su descargo, se debe decir que se tuvo que exiliar de Alemania con la llegada del nazismo, iniciando un periplo por Dinamarca, Suecia, Finlandia, Unión Soviética, Estados Unidos y Suiza, que, al finalizar la II Guerra Mundial, las autoridades aliadas le impidieron entrar en la Alemania Occidental (lo cual le hizo recalar en la que sería inmediatamente más tarde la RDA) y que su muerte en 1956 por una trombosis coronaria pudo ser provocada por un negligente tratamiento médico inducido por algún alto jerarca comunista porque Brecht tenía pensado denunciar a un dirigente de la Seguridad del Estado. Reuniendo toda la información, resulta difícil emitir un juicio único y sin matices, Si nos abstraemos de las circunstancias políticas en las que se vio envuelto, su literatura resulta bastante inequívoca y representa una de las cimas de las tendencias vanguardistas e innovadoras que irrumpieron en la literatura y el teatro del siglo XX. Es una obra crítica, alejada del realismo (algo en  que profundizaremos más adelante) y de los procedimientos convencionales, que introduce elementos provenientes del cabaret y la cultura popular (casi siempre con intención paródica) y con una estética feísta y provocativa que busca propiciar no un espectador pasivo sino un espectador crítico. Según él, mientras en el teatro burgués el espectador "contempla", en el nuevo teatro que él quería hacer el espectador "estudia". 

 

 Fotos promocionales del montaje de La ópera de los tres centavos de Bertolt Brecht con los personajes de la obra 

  

Uno de los elementos básicos de ese nuevo teatro (y que tendrá un inesperado impacto indirecto en varios directores de cine) es lo que Brecht denominó "distanciamiento", el cual conllevaba un alejamiento decidido, consciente y voluntario del realismo estricto. Porque Brecht no planteaba que el espectador, al contemplar cualquiera de sus piezas teatrales, llegara a pensar que estaba viendo la "realidad". Se trataba de genera una "realidad deformada" que obligara a buscar explicaciones para la misma y, a raíz de ello, lograra suscitar reflexiones y juicios de valor sobre la auténtica realidad, la realidad que se hallaba fuera del edificio del teatro. Para crear esa "realidad deformada", Brecht se servía de procedimientos como la ruptura de la "cuarta pared", con conversaciones directas e interacciones entre los actores y el público, utilización de elementos de la ópera culta y la opereta burguesa pero degenerándolos, distorsionándolos y parodiándolos, rupturas narrativas constantes, combinación constante de humor, drama, tragedia y sátira, finales dobles... Las obras del autor alemán exigen que cada espectador deba dar cuenta de ellas, sus tonos y estructuras fuerzan a tener que aceptar o rechazar sin medias tintas lo que en las mismas se expresa y, por tanto, nunca admiten una visión confortable o acomodaticia porque nunca son ejemplos de, digamos, un realismo de mesa de camilla sino antecedentes de lo que en el campo de la filosofía sería conocido posteriormente como "deconstruccionismo", creaciones que no buscan retratar directamente la realidad sino desmontarla para que el público reúna las piezas y cada cual construya su propia interpretación de lo que en ellas se expone. Esta técnica del "distanciamiento brechtiano" acabaría recalando en el cine y, si el mexicano Arturo Ripstein bebe directamente de las fuentes del autor alemán, un director germano como Douglas Sirk acabaría inspirándose en él aunque practicándolo desde el preciosismo. Lo que, como hemos dicho, es feísmo en Brecht, en Sirk, en suntuosos melodramas como Obsesión (1954), Solo el cielo lo sabe (1955), Escrito sobre el viento (1956), Ángeles sin brillo (1957), Tiempo de amar, tiempo de morir (1958) e Imitación a la vida (1959), era esteticismo sin prejuicios pero con el mismo sentido: eran obras completamente alejadas de la realidad y del realismo aunque pensadas para hablar precisamente de la realidad y ofrecer una crítica (velada) de la misma. Esta perspectiva pasaría posteriormente a las películas de Rainer Werner Fassbinder o Pedro Almodóvar, marcando una línea imprevista e inesperada en función de su origen pero cuya conexión es indudable si se rastrea con un poco de minuciosidad.

 

Fotos promocionales del montaje de La ópera de los tres centavos de Bertolt Brecht con los personajes de la obra 

 

El montaje de La opera de los tres centavos (1928) que hemos podido ver en el 43º Festival de Teatro de Málaga es una producción de Barco Pirata, Unahoramenos Producciones y Teatro Pérez Galdós, realizada bajo la dirección de Mario Vega y con un reparto encabezado por Coque Malla (quien fuera líder de Los Ronaldos y que es el intérprete más conocido del elenco), a quien acompañan Omar Calicchio, Miquel Mars, Carmen Barrantes, Andrea Guash, Esther Izquierdo, Paula Iwasaki y Ruth Sánchez. Además de los actores y actrices, hay una banda musical formada por Miguel Malla, Daniel Roulea, Evgeni Riechkalov, Roberto Bazán, Andrea Guash, Carmen Barrantes,  Gabriel Marijuan y el propio Coque Malla (que toca la guitarra y el banjo). La obra está inspirada en una pieza teatral británica del siglo XVIII titulada La opera del mendigo, cuya autoría es de John Gray, pero Brecht (con la colaboración de Elisabeth Hauptmann en el texto y Kurt Weill en la música) la aparta de un esquema narrativo convencional e introduce técnicas que retuercen la trama y el desarrollo de los acontecimientos, las cuales son respetadas en la función que hemos visto: por ejemplo, se satiriza la estructura de las óperas tradicionales, tanto en la obertura (ejecutada de un modo antivirtuoso) como en el desenlace tipo deus ex machina (en este caso, en su modalidad de "salvación de último minuto"), se rompe la cuarta pared con el público, con los intérpretes dirigiéndose al público y presentándose con sus nombres reales y explicando quiénes son los personajes a los que dan vida (en el caso de la función que vi, se saludaba explícitamente a la ciudad de Málaga y se hablaba de "esta función de miércoles", que fue el día en que resultó programada) y buscando la interacción continua con los espectadores, con la utilización del pasillo de la platea para la entrada y salida de los personajes y, en fin, generando una dinámica apartada de las generadas por las obras teatrales convencionales. Hay que reconocer que el montaje logra plasmar plenamente el espíritu del teatro de Brecht y todo el elenco brilla a un excelente nivel sin que haya desequilibrios ostensibles entre los diferentes intérpretes, que ejecutan sus papeles con similares grados de excelencia. La obra, además, se desarrolla con un ritmo ágil y dinámico que, sabiendo respetar el espíritu del texto original, logra al mismo tiempo enganchar y entretener al público durante las dos horas de duración de la función. Posiblemente, la estética desplegada sobre el escenario, sobria, sencilla pero con cierto grado de preciosismo, exigiría de un mayor grado de feísmo o degradación para acomodarse mejor a la intención primigenia de la obra pero no es menos verdad que ello podría significar un excesivo "distanciamiento" (valga la ironía) del espectador-tipo de estos tiempos y la coyuntura actual de los diferentes sectores culturales difícilmente admite audacias de esa índole con el riesgo de un público dando la espalda a una apuesta de esas características, como ya comenté a la hora de hablar de La verdad de Florian Zeller

 

 


 

Brecht siempre escribía sus obras con la intención explícita de formular una moraleja que resultara accesible para el público que asistiera a la representación. En el caso de La ópera de los tres centavos, la misma queda clara en la letra de una de las canciones que se intercalan a lo largo de la trama: "Primero, das pan / y luego hablas de moral. / No hay nobleza cuando aprieta el hambre". La ópera de los tres centavos viene a expresar que, con la miseria dominando una vida, no cabe pensar en el respeto a cualquier precepto ético, sobre todo cuando las propias autoridades están guiadas por la corrupción y el envilecimiento. Más allá de esta lectura de primer nivel, cabe pensar en que la obra plantea una reflexión sobre los mecanismos por los que se produce la degradación moral de una sociedad, siendo la permisividad hacia la pobreza, la explotación de la misma por parte de los poderosos y los afanes de establecer jerarquías fuertemente desequilibradas el origen de toda una serie de males que conducen inevitablemente a la ausencia de todo tipo de valores y la pérdida de la dignidad humana. La obra oscila inevitablemente entre la demagogia y el análisis demoledor e implacable pero cabe reconocer que, a día de hoy, su mensaje se puede seguir recibiendo con la posibilidad de ser contrastado con las condiciones de la época actual para evaluar en qué medida el mismo sigue estando vigente o no. La reflexión que resulta no puede ser excesivamente optimista: pese a los cambios acaecidos, muchas de las situaciones que vemos sobre las tablas han podido mutar pero siguen conservando, en su núcleo básico, la misma esencia. Es decir, el grado de esperanza o desesperanza de los personajes de La ópera de los tres centavos son nuestras mismas esperanzas o desesperanzas, por lo que, casi en cien años, hay demasiadas cosas que no han cambiado. Hay poco de qué alegrarse. Salvo que nos inventemos un final descaradamente impostado.


TRÁILER DE LA OBRA:


 

 

 

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