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Publicado por
José Manuel Cruz Barragán
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La verdad de Florian Zeller es una obra de teatro que trata esencialmente de la mentira. Su moraleja se desliza a mitad del texto cuando el protagonista viene a decir que: "Si se dijese la verdad, todas las parejas del mundo se terminarían. Sería el fin de la civilización". El orden social, por lo tanto, se mantiene a base de ocultar determinadas realidades con el propósito de cumplir lo que dice el refrán: "Ojos que no ven, corazón que no siente". Florian Zeller, nacido en París, es uno de los dramaturgos franceses más importantes no solo de su país sino de la escena internacional y obras como La madre (2010), la que estamos comentando, La verdad (2011), El padre (2012), Una hora de tranquilidad (2013), La mentira (2015) o El hijo (2018) se han representando tanto en Francia como en el resto del mundo con gran éxito de público y crítica. Su dedicación al cine –habiendo dirigido hasta la fecha dos largometrajes, adaptación de obras propias: El padre, en 2020, y El hijo, en 2022– no han hecho sino aumentar su popularidad. Y, de paso, ello ha estado asociado a los más altos honores académicos, de modo que, a finales de 2025, Florian Zeller entró en la Academia Francesa, siendo a sus 46 años el segundo miembro más joven jamás elegido por la institución (el primero fue Rostand, autor de Cyrano de Bergerac, que tenía 33 años cuando ingresó en 1901). Cualquier espectador que vea La verdad no podrá sino concluir que esta avalancha de triunfos no está asociada a ningún espíritu audaz o innovador sino en tomar modelos ya ampliamente probados y contrastados para, con un cierto barniz modernizador en cuanto a personajes y ritmos verbales, ofrecer historias que, en el fondo, no se diferencian mucho de las que Plauto contaba en Anfitrión (188-187 a. de C.), Molière en La escuela de las mujeres (1662), Georges Feydeau en La mosca tras la oreja (1907), Enrique Jardiel Poncela en Un adulterio decente (1935) o John Chapman y Ray Cooney en Sé infiel y no mires con quién (1967).
Joaquín Reyes y Alicia Rubio en un momento de La verdad de Florian Zeller
Con lo que he dicho al final del anterior párrafo, no estoy haciendo deméritos ni a Florian Zeller ni a la función que se representó en el Teatro Cervantes de Málaga, en el marco del 43º Festival de Teatro de la ciudad, los pasados 27 y 28 de abril. Ni más ni menos siguen lo que ya Lope de Vega afirmó sin tapujos ni complejos en su Arte nuevo de hacer comedias (1609) cuando dijo aquello tan célebre de que "porque, como las paga el vulgo, es justo / hablarle en necio para darle gusto". Es difícil que el público actual acepte propuestas arriesgadas y vanguardistas (posiblemente, solo las aceptaría hasta ciertos límites y con frecuencia completamente estricta) y, por ello, el teatro contemporáneo, con carácter mayoritario y con las minoritarias excepciones que pudiéramos enumerar, se basa en la excelencia y/o depuración en la ejecución de fórmulas con las que los espectadores se sientan identificados de antemano. Dentro de este marco, Zeller escribe un texto en el que el humor se dosifica con inteligencia y en el que los mecanismos de la trama funcionan con precisión prácticamente matemática para que el enredo se vaya complicando y ramificando de manera progresiva pero inexorable. En cuanto a la compañía, con producción de Barco Pirata, Fran Ávila, Producciones Come y Calla, Octubre Producciones y Producciones Rokamboleskas, con dirección de Juan Carlos Fisher, solo cuenta con cuatro actores en el elenco (Joaquín Reyes, Alicia Rubio, Natalie Pinot y Raúl Jiménez), los cuales intentan y logran encarnar sus personajes con la máxima sobriedad posible sin restar el tono humorístico a la historia aun cuando el personaje protagonista, el interpretado por Joaquín Reyes, es el que despliega mayor cantidad de recursos en consonancia con su propia condición de actor (tan tributaria de de ese "humor chanante" que lo hizo famoso y que aquí influye decisivamente en su interpretación) y que convierte a la obra en un vehículo perfecto para su brillo y lucimiento. Es decir, texto y montaje buscan la máxima eficacia sin caer en excesos ni alardes superfluos y el objetivo es cumplido con soltura haciendo disfrutar al público durante hora y media de una trama ágil, divertida y narrada a través de un hábil crescendo en cuanto a su ritmo e intensidad que culmina con revelaciones inesperadas (aunque más de uno haya podido imaginarla conforme la obra se desarrollaba).
Joaquín Reyes y Raúl Jiménez en un momento de La verdad de Florian Zeller
Es interesante desde el punto de vista sociológico apuntar dos elementos que están presentes en el argumento y que casi constituyen un acta notarial de determinadas realidades y situaciones actuales. En primer lugar, frente a las ideas relativas a plantear las relaciones de pareja de un modo más flexible y desprejuiciado, loa criterios y valores tradicionales sobre la fidelidad se siguen considerando indiscutibles aunque su cumplimiento no sea ni rígido ni continuo. Si se dice que la hipocresía es el homenaje que el vicio rinde a la virtud, cabe afirmar que en muchos sectores de la sociedad actual se sigue pensando que la fidelidad es la virtud a mantener y que los deslices extramatrimoniales son absolutamente censurables y reprobables aunque se pueda incurrir en ellos con más frecuencia de la que la ética explícita imperante podría considerar aceptable. Ante las infidelidades, se reacciona con enojo y no parece haber ningún planteamiento de relativizar la gravedad del hecho o de englobarlo en un modo diferente de encauzar las relaciones de pareja. La moral tradicional sigue siendo defendida y las dudas que pueda haber sobre la misma se quedan en el ámbito íntimo interior de cada persona sin que las mismas lleguen a ser expresadas en público. En segundo lugar, la obra pone de manifiesto el grado de insatisfacción y/o tedio que existe en determinados sectores de la clase media y de la clase media-alta. A pesar de su relativamente elevado nivel económico (algo que se insinúa en muchos momentos de la obra), ciertas frustraciones personales y las severas amenazas existentes al mantenimiento sin fisuras del estatus alcanzado inquietan y preocupan. Por todo lo dicho, La verdad, quizás de modo más involuntario que de forma consciente, acaba emitiendo ciertos diagnósticos sobre una situación sobre la que, tal como la moraleja del texto, según hemos dicho al principio de la reseña, defiende, hay que callar para que no se venga abajo estrepitosamente. El emperador va desnudo pero hay que evitar que cualquier niño hable y diga la patente y demoledora verdad. Eso es, ni más ni menos, lo que estamos viviendo a estas alturas del siglo XXI.
Joaquín Reyes y Alicia Rubio en un momento de La verdad de Florian Zeller




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