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Publicado por
José Manuel Cruz Barragán
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Si Mujeres de Tandil 1 (Niñas 3) Gonzalo García-Pelayo recupera algunos de los rasgos autorales fundamentales de su cine, en Sin música también los recupera, solo que son otros diferentes a los de la primera y, sobre todo, toma como referencia a un director cuyo estilo le ha servido de guía y inspiración en títulos anteriores de su trayectoria. Me refiero al del japonés Yasujiro Ozu, cuya sobriedad, ascetismo y depuración formal impregnan de modo decisivo el modo en que Sin música está filmada, narrada e interpretada. Tanto Mujeres de Tandil como Sin música muestran la peculiaridad y personalidad del cine de Gonzalo que, teniendo elementos estilístico, temáticos y formales claramente reconocibles en películas muy diferentes entre sí, esas grandes diferencias hacen que el estilo se modifique para adaptarse a las características en sí de cada película, de modo que se procura que forma y fondo calcen entre sí como si fueran un guante ajustándose a la mano, anteponiéndose la coherencia al mecanicismo, la exploración a la continuidad, la búsqueda a cualquier tipo de rutina empobrecedora. En el caso de la película que nos ocupa, la cercanía a Ozu es la mayor alcanzada nunca en el nivel del director por el hecho de que se trata de una película de duelo, de ausencias, de curas interiores y de necesidad de reajustarse a la vida mientras la vida sigue con su cotidianidad solo aparentemente suave y la continuidad de costumbres, ritmos y monotonías. Es decir, la vida continúa a pesar de los que ya no están y hay que continuar viviendo mientras hay que llegar a sobrellevar dicha certeza.
Arriba, dibujo que recrea una de las escenas de Sin música
Los protagonistas de Sin música son Natalia Miranda (alma mater y elemento esencial y vital fundamental de esta película) y sus hijos: Umaia Edul, Graciana Edul y Kais Edul. Tardamos en descubrirlo, pero Sin música es una película de ausencias, podríamos concretar que se trata de una película sobre la Ausencia, sobre lo que ya no está pero que condiciona todo lo que hacemos, todo lo que observamos y todo lo que vivimos. En este sentido, es una película que se aproxima a la intención de muchas de las de Víctor Erice en las que también lo invisible juega un papel decisivo (en El Sur –1983–, por ejemplo, el gran protagonista es ese sur que nunca llegamos a ver sino a través de estampas más soñadas que realistas, el fragmento que filmó para Centro histórico –2012– giraba en torno a una fábrica que ya no existía y, en la relativamente reciente Cerrar los ojos –2023–, toda la trama se basa en un desaparecido que nadie sabe qué fue de él) y (de aquí al final del párrafo, vamos a hacer spoiler del argumento, así que decidan si quieren saltarse o no dicho texto) en el caso de Sin música el gran ausente es el padre de esa familia protagonista que ha fallecido después de (se sugiere) una larga enfermedad. Esto lo sabremos bien avanzada la película y nos obligará a revisar todo lo que hemos contemplado hasta ese momento para llegar a comprender que hemos asistido al descomunal esfuerzo por parte de un grupo de personas para recuperar la normalidad cuando esa normalidad se ha quebrado dolorosa y decisivamente para siempre.
Arriba, dibujo que recrea uno de los momentos de Sin música
En consonancia con su carácter de película de duelo, Sin música, como su propio título sugiere, es una obra que no tiene banda sonora de acompañamiento. A ello se une la ya mencionada sobriedad de estilo, con una cámara siempre fija, la filmación de largos momentos de intimidad en el que no dejan de reinar grandes silencios y la presencia en numerosas ocasiones como única "voz" de una serie de textos que acompañan a las imágenes (cuya autoría es de la propia actriz protagonista") y que actúan a modo de "monólogo interior" o "corriente de conciencia" que acompaña al personaje mientras hace frente a las tareas rutinarias del día a día. Es significativo que ese torrente de palabras cese en instantes en los que el personaje tiene que estar especialmente concentrada en algunas tareas concreta (por ejemplo, cuando prepara la infusión en la cocina), lo cual las reconfigura como una especie de ritual de alivio o curación. La película, de este modo, se convierte en una auténtica exploración de la fenomenología del duelo en el que cada actividad y cada quehacer se convierten en ritos de paso desde el dolor a la aceptación, desde el sufrimiento a la serenidad, desde la incomprensión a una lucidez herida pero reconfortante. Como sucede en las películas de Ozu, lo que vemos no es solo lo que vemos, encierra otros significados y otras lecturas que, aún siendo invisibles, son los especialmente relevantes y trascendentales. Cuando vemos a protagonista quitar los papeles que cubrían los cristales de una casa, hacer las tareas de la cocina, despertar a sus hijos, conversar con ellos, ir de compras, caminar por el bosque o cuidar de unas flores, no está solo haciendo lo aparente o superficial, está llevando a cabo un duro proceso para seguir adelante con su vida y reconciliarse con ella. Es por ello que Sin música termina siendo una película hondamente espiritual (al expresar que no es solo válido lo que nuestros sentidos captan sino que hay dimensiones que van más allá de los mismos) y por ello es una película de carácter ascético: porque solo desde el silencio, la quietud, la serenidad y la paciencia se pueden alcanzar esos niveles que no son directamente accesibles con la mera percepción.
Arriba, un momento de Sin música en el que la familia protagonista empieza a preparar un asado en el jardín de la casa
Los personajes van superando poco a poco las etapas necesarias para superar su situación inicial y es altamente significativo que, tras más de una hora de banda sonora silenciosa, cuando encuentran las guitarras y empiezan a tocarlas (cuando empiezan a sonar los primeros tímidos e incipientes brotes de música), la película termina, del mismo modo que Contactos –1970– de Paulino Viota concluía cuando uno de sus protagonistas miraba a la cámara, cuando era consciente de que la misma lo estaba filmando porque, a partir de ese momento, la película dejaba de ser lo que era para convertirse en otra cosa. Cuando las cuerdas de la guitarra emiten sus primeras notas, Sin música ya deja de ser lo que había sido hasta ese momento: el ritual de duelo ha terminado y, a partir de ese momento, empieza el "después de", que tendrá sus propios rasgos y característicos pero que serán otra historia y podría ser otra película, sí, pero muy diferente a la que hemos estado viendo hasta ese instante. Con ese final tan preciso como ajustado, Sin música culmina su perfección formal para narrar única y exclusivamente lo que busca narrar, sin adornos innecesarios o aditamentos superfluos, solo la descripción de un viaje hacia la cura y la redención, lo cual representa todo un desafío a muchas tendencias del cine actual, siempre tentado en desbordar metraje y utilización de recursos, y un reto, incluso, a algunas mentalidades del presente al identificar la verdad, la posible verdad, como algo que solo cabe ser apreciado desde la sencillez, la calma y una cierta inocencia, desde, también, la lejanía del ruido, el bullicio y el caos del mundo moderno. Algo que remite a esos versos de Fray Luis de León que decían que "¡Qué descansada vida / la del que huye del mundanal ruïdo / y sigue la escondida / senda, por donde han ido / los pocos sabios que el mundo han sido", lo cual, sin duda, convierte a Sin música en una película, a la vez y en la misma medida, especialmente moderna y tremendamente clásica.
Arriba, dibujo que recrea uno de los momentos finales de Sin música





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