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Publicado por
José Manuel Cruz Barragán
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A la dcha., Primeros días de cuarentena, Brooklyn, Nueva York (1920) de Nan Goldin
Como ya he mencionado en algún artículo anterior, Paul Johnson, en su obra Tiempos modernos, data, de manera bastante peculiar pero altamente significativa, el origen de la época actual el 29 de mayo de 1919, cuando las fotografías de un eclipse solar, tomadas en la isla del Príncipe, frente al África Occidental, y en Sobral, Brasil, confirmaron los postulados de la teoría de la relatividad de Einstein. La mecánica newtoniana y, con ella, la concepción cartesiana del mundo quedaban definitivamente arrinconadas y se abría la puerta a visiones elásticas, flexibles, inciertas e imprecisas de la realidad. El tiempo transcurría de modo diferente según la velocidad a la que avanzase cada observador, el gato de Schrödinger estaba vivo o muerto dependiendo de si levantásemos o no la tapa de la caja donde el mismo estaba metido (y, mientras tanto, estaba vivo y muerto a la vez), el comportamiento de las partículas subatómicas solo se podía explicar en términos de tasas de probabilidad y llegábamos a plantearnos si podíamos viajar al pasado y, si lo hacíamos e introducíamos cambios en él, si transformaríamos el presente o lo que haríamos sería crear una línea temporal diferente a la original. Los perfiles nítidos y rotundos de la realidad quedaban desvanecidos para siempre. Como siempre sucede, este cambio de paradigma está asociado a nuevas vías y propuestas que anticipan, acompañan o se derivan de los avances que experimenta el conocimiento científico. Sin todo esto que acabamos de explicar, es imposible comprender la exposición Desenfocado que se celebra en el Caixaforum de Madrid entre el 17 de septiembre de 2025 y el 12 de abril de 2026, la cual tiene como hilo conductor el concepto contemporáneo de que no cabe distinguir entre "realidad" y "percepción de la realidad" sino que, más allá de la "percepción", posiblemente no exista nada.
Estanque de nenúfares, armonía rosa (1900) de Claude Monet
La muestra comentada expone un amplio conjunto de obras construidas sobre la base de lo borroso, lo impreciso, lo indefinido, lo carente de nitidez, lo ambiguo, lo inidentificable a base de cambiar la distancia de la mirada, lo incierto, lo precario y lo evanescente. Vamos contemplando las piezas y podríamos llegar a pensar que estamos ante un desfile de espejismos, fantasmas, delirios y confusiones cuando, tal vez, lo que estamos observando no es más que la auténtica condición del mundo y de la realidad y que lo representado de manera clara, precisa e inequívoca es la verdadera fantasía (o, si preferimos otro término, la "construcción") de quienes no desean asumir el carácter laxo y escurridizo de los elementos que conforman el universo observable. Si antes decíamos que el arte puede anticipar de manera intuitiva las ideas del futuro, ello lo vemos de manera palpable en la exposición al poder contemplar Estanque de nenúfares, armonía rosa de Claude Monet, cuadro que nos sirve para fijar en el impresionismo el origen de la tendencia que se desplegará en las salas posteriores y que, tal como nos anuncia el título de la exposición, será un vasto repertorio de objetos "desenfocados" a través del cual se explorarán todos los caminos en los que se materializa dicho "desenfoque", es decir, todos los posibles significados que dicho término puede encerrar y que no se refieren solo al no-enfoque visual sino que incluye también lo ambiguo, lo indefinido, lo precario y lo que parece suspendido de un alambre fino, frágil y casi imperceptible ("algo cogido con alfileres" diríamos de manera coloquial). En definitiva, una exploración de cómo el arte expresa el sentimiento de ausencia de certezas fuertes, sólidas e inequívocas.
Untitled (1948) de Mark Rothko
Es imposible, según avanzamos en la muestra, desligar el concepto de "desenfoque" de la propia evolución de los tiempos que, lejos de desarrollar nuevas, crecientes y cada vez más sólidas certezas, van provocando que las que teníamos se vayan deslavazando de forma fatal e inexorable. Dicha circunstancia es la que explica la irrupción de las filosofías de la posmodernidad con autores tan conspicuos como Emil Cioran, Jacques Derrida, Jacques Lacan, Gianni Vattimo o Jean-François Lyotard, entre otros, que han puesto en circulación conceptos como "relativismo", "deconstrucción", "pensamiento débil", "lógica borrosa", "multirreferencialidad" u "otredad". Y, si nos alejamos por un momento de las artes tradicionales como la pintura y la escultura y nos vamos al cine, encontraremos ejemplos de muchas películas que han quedado impregnadas por ese mismo "espíritu de época": Blow-Up (1966) de Michelangelo Antonioni, La conversación (1974) de Francis Ford Coppola, Desmontando a Harry (1979) de Woody Allen y, tratándose de películas españolas, Tiro en la cabeza (2008) de Jaime Rosales y El jurado (2012) de Virginia García del Pino. Con los avances en inteligencia artificial, la ausencia de certidumbres no hace más que acrecentarse y también tenemos un par de films que ahondan en las implicaciones de las nuevas tecnologías en el hecho perceptivo como Open Windows (2014) de Nacho Vigalondo o Los continentes (2020) de Pedro Kanblue. Y, si queremos identificar la elaboración más compleja y sofisticada de la concepción que estamos abordando, es inevitable referirse a todo el cine de David Lynch. Como sucede siempre, toda mentalidad de época se termina asociando a múltiples manifestaciones creativas como símbolo, posiblemente involuntario, de su consolidación.
Sodoma y Gomorra (1989) de Pedro G. Romero
Porque, a lo largo de los últimos años, como ya hemos apuntado en el anterior párrafo, los factores que alimentan el escepticismo, la desconfianza, la desesperanza, la falta de fe sobre la existencia de una realidad consistente no han hecho más que multiplicarse. La credibilidad de la ciencia, las instituciones y los medios de comunicación se ha desplomado hasta niveles impensables y los productos de la inteligencia artificial son capaces de hacer pasar por ciertos sonidos, imágenes y vídeos que son pura invención elaborada a través de las múltiples aplicaciones existentes. En este contexto, muchas de las obras de arte que podemos ver en la exposición de Caixaforum son muchísimo más pertinentes y hasta comprensibles de lo que podían serlo en el momento de su creación. Las piezas de Julia Margaret Cameron, Claude Monet, Medardo Rosso, Edward Steichern, Hans Haecke, Eugène Carrière, Alberto Giacometti, Mark Rothko, Yves Klein, Wojcech Fangor, Perejaume, Kikuji Kawada, Gerhard Richter, Ugo Rondinone, Hiroshi Sugimoto, Soledad Sevilla, Hans Hartung, Pedro G. Romero, Tania Mouraud, Claudio Parmiggiani, Thomas Ruff, Miriam Cahn, Alfredo Jaar, Nicolas Delprat, Dove Allouche, Clemence Mauger, Laura Tiberghien, Vincent Dulom, Claire Chesnier, Daniel Turner y Nan Goldin, entre otros muchos artistas, son la encarnación de las inquietudes, las preocupaciones, las intuiciones y las expectativas de un tiempo que contempla el mundo como nunca antes lo habían contemplado los seres humanos: como una incógnita que, tal vez, no tenga solución, o, a lo mejor, con muchas y alternativas soluciones o, en última instancia, como una incógnita que quizás no sea tal sino una entidad susceptible de múltiples miradas que no caben ser discriminadas porque no existe criterio de discriminación que no sea arbitrario.
Six Seconds (2001) de Alfredo Jaar
Por todo lo dicho, aunque pueda parecer que esta exposición del Caixaforum pueda ir dirigida a un público muy concreto y especializado, su temática debería ser objeto de reflexión por parte de la audiencia más amplia posible. Porque su contenido nos apela sobre qué pensamos, qué creemos y sobre cuál es el paradigma esencial que gobierna nuestra visión de la realidad. El arte cada vez apuesta más por lo "desenfocado" porque nuestras incertidumbres son cada vez más hondas y acusadas. No tenemos certezas ni la seguridad de que podamos llegar a tenerlas y, ante dicha situación, el mundo se asemeja a un fantasma que solo puede ofrecer perfiles borrosos y equívocos. Los creadores, enfrentados a ello, tan solo pueden plasmar en sus obras la sensación de vacío que se desprende de carecer por completo de algún asidero al que aferrarse para llegar a comprender la realidad y, al mismo tiempo, indagar en las posibilidades de avance y desarrollo que hay en ello. Esto resume, ni más ni menos, el gran dilema de la época contemporánea, de nuestra época, de la época en la que aún estamos inmersos e implicados.
VÍDEO DE LA EXPOSICIÓN:



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