"LAS PALABRAS DEL DESCONOCIDO", NUEVA NOVELA DE JOSÉ MANUEL CRUZ

CENTRO ANDALUZ DE ARTE CONTEMPORÁNEO: VISITAS MULTIDIMENSIONALES


 

En la Isla de la Cartuja en Sevilla, en la calle Américo Vespucio, nº 2, está la sede del Centro Andaluz de Arte Contemporáneo (CAAC). Hay un primer elemento llamativo que es el que marca desde el principio la visita a esta institución cultural: se trata de un edificio original de finales del siglo XIV (el antiguo monasterio cartujo de Santa María de las Cuevas, reconvertido tras la Desamortización de Mendizábal en la fábrica de cerámica Pickman) en medio del recinto donde se desarrolló la Exposición Universal de 1992 y, por tanto, está completamente rodeado de construcciones modernas e innovadoras, creando, de este modo, un fuerte e intenso choque inicial entre formas clásicas y tradicionales y formas vanguardistas y disruptivas. Lo que encontramos fuera es exactamente lo mismo que experimentaremos una vez que entremos en el edificio porque también allí (al contrario que ocurre en otras instituciones culturales de línea similar, como el Centro Pompidou de París o el Museo Guggenheim de Bilbao, alojados en construcciones audaces y renovadoras) las estructuras arquitectónicas de la cartuja (que fueron las iniciales) y de la fábrica (que se instaló con posterioridad) conviven con las desafiantes creaciones contemporáneas que se suceden exposición tras exposición. De esta manera, el Centro Andaluz de Arte Contemporánea admite tres y hasta cuatro modalidades diferentes de visitas que pueden, además, coexistir simultáneamente. La primera, sería la visita al edificio, es decir, bien a la antigua cartuja, bien a la antigua fábrica, bien a ambas, comprendiendo su funcionalidad y el arte y las técnicas implicados en el mismo. La segunda (o tercer,a, según cómo computemos la anterior) es la visita a las exposiciones que allí se celebran. La tercera (o la cuarta), la más escurridiza y fascinante, sería la que relacionaría el arte del pasado con el arte del presente, atender a las interacciones inauditas que pueden surgir a través del recorrido por salas, claustros, pasillos y pasadizos. 


El CAAC se ubica en la antigua Cartuja de Santa María de las Cuevas de Sevilla y antigua fábrica de cerámica Pickman


Las obras y exposiciones que se pueden ver a la altura del 20 de febrero de 2026 en el CAAC resultan más que significativas en relación a la situación, las líneas creativas y la percepción crítica y académica del arte contemporánea a la altura de comienzos del segundo cuarto del siglo XXI. En nuestro recorrido, contemplamos obras de Cristina Lucas (Jaén, 1973), Arturo Comas (Sevilla, 1982), Curro González (Sevilla, 1960), Donna Huanca (Chicago, EE.UU., 1980) y Sandra Poulson (artista angoleña nacida en Lisboa en 1998) y exposiciones de Jem Perucchini (Tekeze, Etiopía, 1995), Miguel Benlloch (Loja, 1954 - Sevilla, 2018) y Cachito Vallés (Sevilla, 1986) y sentimos estar explorando la incómoda frontera (para el espectador) a la que la creación artística contemporánea ha llegado y que hace plantearnos si hay algo más plus ultra de la misma o solo cabe retroceder para recrear formas estilísticas del pasado o para hallar un camino que ha sido ignorado inadvertidamente. He leído algún comentario sobre la reorganización de la colección del Museo Reina Sofía de Madrid y, en concreto, de los fondos correspondientes al período que va desde 1975 al presente y la misma es criticada por el hecho de que la pintura tiene muy poco peso dentro de las piezas seleccionadas. Sin entrar a valorar dicha afirmación al no haber tenido la oportunidad de ver dicha reorganización (la comentaré cuando lo haga), lo que sí es cierto es que la pintura ha tenido en la creación artística de los últimos tiempos, nos guste o no, lo consideremos más positivo o más negativo (esas serían otras cuestiones), mucho menos peso que en el pasado, habiéndolo ganado el videoarte, la fotografía, las performnces, las intervenciones y las instalaciones. De los artistas que hemos nombrado con anterioridad, solo de Jem Perucchini vemos un cien por cien de obras pictóricas mientras que, en el resto de los casos, solo tiene una presencia minoritaria en la muestra de Cachito Vallés y testimonial en la de Miguel Benlloch. Esa es la realidad y, en consecuencia, el criterio de selección, que va a ser complicado de elegir y siempre va a ser discutido en la elección final realizada, tiene que dirimir entre la separación del grano de la paja, la reflexión sobre si hay que discriminar o no de modo negativo formatos que, aunque prolíficos, podamos considerar menores o irrelevantes o sobre si debe primar el aspecto informativo y casi notarial atendiendo al hecho de que carecemos de la distancia temporal necesaria para realizar una valoración de calidad y significación verdaderamente consistente. Ello mismo sucede en la visita que hemos realizado al CAAC.


Obra de Donna Huanca en el CAAC


Basta cruzar la entrada para, accediendo a la Capilla de Afuera, ver la instalación de Donna Huanca, que es pintura, sonido, pisadas y, sobre todo, un alud de sensaciones al verse el espectador envuelto por el espacio intervenido, o comprobar cómo nos sorprende la escultura de Cristina Lucas, justo al lado de las taquillas, con esa figura gigante cuyo rostro ocupa totalmente una de las ventanas y cuyo brazo tiene que salir por otra como último intento para hallar un mínimo margen de libertad de movimientos (y que constituye un velado y sutil alegato feminista) o la de Curro González, con ese homenaje a todos los músicos y, en última instancia, a todos los artistas y creadores, para que nos quede claro que el arte contemporáneo nos propone una experiencia que llega al espectador de modo muy diferente a como lo hacía el arte clásico  y tradicional. No estoy diciendo nada nuevo ni estoy descubriendo algo así como la pólvora pero parece que, a veces, es necesario recordarlo para aclarar ideas, criterios y categorías. Pero, en la medida en que prima la experiencia generada en el espectador sobre los elementos formales preconcebidos, los formatos se flexibilizan, se vuelven laxos y llegan a evaporarse en función de primar ante todo las vías (ortodoxas o no) por las que se llega a provocar un determinado conjunto de reacciones en el receptor de la obra artística. Si antes se hacía arte pensando en la eternidad, cada vez pesa más lo efímero, lo puntual y lo elaborado en función de una serie de circunstancias concretas y, quizás, volubles y pasajeras. Al mismo tiempo que se suceden performances que entran completamente de lleno en el ámbito del activismo político (como muchas que vemos en los vídeos que conforman la exposición sobre Miguel Benlloch) o se crean instalaciones que sumergen al espectador en una burbuja de imágenes y sonidos (como Retícula y Takaluna de Cachito Vallés) que cada cual sentirá, experimentará y comprenderá de modo diferente, no es de extrañar que, en el campo de la música electrónica, triunfen las figuras de los DJs y el concepto de sesión y, yendo un poco más allá, proliferen las raves como las que aparecen en la película Sirat de Oliver Laxe, actuaciones todas ellas adheridas a concepciones rabiosamente temporales del ejercicio artístico. Por ello, "museo" y "arte contemporáneo" tienden a ser conceptos que tienden a ser cada vez más antagónicos y no es de extrañar que se suela preferir el término de "centro" porque es el que se ajusta más a los contenidos expuestos en ellos.

 

Redshift de Cachito Vallés


En el CAAC, al final, acaba siendo absolutamente coherente que las piezas expuestas se muestren en el contexto de un edificio que lleva, en sus seiscientos años de historia, dos funciones extintas y que sea algo así como un depositario de reliquias pasadas: vendría a ser el testimonio de que la vocación de eternidad del arte no siempre se cumple ni se ha cumplido y que, por lo tanto, el carácter crecientemente efímero del arte actual no es más que el reconocimiento del hecho esencial de que toda manifestación creativa se debe a un tiempo y a una época y está sometida al riesgo del coyunturalismo. Pero, frente a ello, cabe objetar, y yo objeto sin ambigüedades, que una cosa es admitir que la vocación de eternidad del arte no llega a cumplirse en todos los casos y otra, renunciar de antemano a la misma. Posiblemente, la única salida posible para comprender, asimilar y exponer el arte contemporáneo sea asumir una tensión estructural entre transitoriedad y perpetuidad a la vez que se reconoce que ello es un problema de cualquier obra de arte en todo tiempo y lugar. Ello podría ser una vía fructífera en múltiples dimensiones, tanto a la hora de crear como a la hora de exponer, sea en muestras temporales o colecciones permanentes en museos. Renunciar a la vigencia de la creación artística en el tiempo es desechar uno de los elementos esenciales que dan sentido a aquellas y aspirar a ella no tiene por qué ir en contra de su implicación en su propia época sino que, en la mayoría de los casos, ayuda a reforzar impacto, discursos e intenciones. Dar prioridad a las creaciones que han logrado trascender el momento y circunstancias de su concepción podría ser un criterio más que valido de cara a seleccionar y organizar las colecciones museísticas y otorgarles consistencia y capacidad de comunicación frente a los visitantes. Frente a teorizaciones de urgencia, deberían empezar a cobrar protagonismo las teorías estéticas de carácter general que sean capaces de englobar tanto las obras del presente como las del pasado y permitan establecer marcos válidos para ambas.


Válido em Todo o Território Nacional (2023) de Sandra Poulson


Para concluir, hay que admitir que solo en un lugar como el CAAC (con su inaudita combinación de formas clásicas y vanguardistas) es posible llegar a elaborar reflexiones que escapan en cierta medida a los discursos dominantes y que sean capaces de abrir caminos nuevos para la explicación de la obra artística. Solo en un contexto como el descrito es posible apreciar que, a pesar de las evidentes diferencias, se pueden establecer fuertes nexos de continuidad entre creaciones de épocas muy diferentes. Contemplar las obras de Donnah Huanca, Cristina Lucas, Curro González, Sandra Poulson, Miguel Benlloch, Jem Perucchini, Cachito Vallés y Arturo Comas en medio de lo que fue monasterio cartujo y prestigiosa fábrica de cerámica conlleva visualizar simultáneamente épocas y concepciones formales radicalmente diferentes entre sí y, a la vez, que el conjunto es simultáneamente contradictorio y coherente, valga la paradoja. El arte viene a ser un poliedro en el que la dimensión de cada cara varía de una época a otra y, de ese modo, van naciendo los diferentes estilos. Pero el poliedro siempre suele ser, esencialmente, el mismo. Las visitas multidimensionales que se pueden hacer al CAAC es la vía más rápida, efectiva e iintuitiva para llegar a esta conclusión.

 

VÍDEO SOBRE EL EDIFICIO DEL CAAC Y SOBRE LAS EXPOSICIONES QUE SE CELEBRABAN EN EL MISMO A 20 DE FEBRERO DE 2027:

 



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