"LAS PALABRAS DEL DESCONOCIDO", NUEVA NOVELA DE JOSÉ MANUEL CRUZ

ROBERT CAPA: UN FOTÓGRAFO, UN PERSONAJE Y UNA CÁMARA


No basta con tener talento. También tienes que ser húngaro. (ROBERT CAPA)

Desde el pasado 2 de octubre de 2025 y hasta el próximo 25 de enero de 2026, en el Circulo de Bellas Artes de Madrid, en la Calle Alcalá, nº 42, se celebra la exposición Robert Capa: Icons, la cual recoge una amplísima muestra (desde sus primeras fotografías en 1932, pasando por sus imágenes de la Guerra Civil Española, la Guerra Chino-Japonesa, de la II Guerra Mundial, de su viaje por la URSS junto a John Steinbeck y del nacimiento del Estado de Israel y, en su faceta tal vez menos conocida, sus retratos de personajes populares y de los lugares turísticos y de asueto de la época) del trabajo del fotógrafo húngaro nacido en Budapest en 1913 y fallecido en en Thai Binh, en Vietnam, el 25 de mayo de 1954, tras pisar una mina mientras cubría el conflicto bélico que allí se desarrollaba. Casi fue una muerte paralela a la de su compañera sentimental y profesional, Gerda Taro, en 1937, durante la batalla de Brunete en nuestra contienda civil, tras sufrir las consecuencias de verse aplastada por un tanque en el repliegue republicano. Esas dos muertes, a modo de cruel sarcasmo, hacen de paliativo de la gran sombra que se dibuja sobre la instantánea más icónica del fotógrafo, esa Muerte de un miliciano que ha atravesado épocas y regímenes políticos como una de las imágenes más emblemáticas de nuestra guerra sin que, ahora, podamos asegurar, más bien lo contrario, que se trata de una imagen real o un escena prefabricada y coreografiada para que las revistas Vu y Life tuvieran un material impactante con la que ilustrar sus noticias sobre la guerra civil en España. Pero no se puede hablar de ello sin reparar antes en que Capa, aparte de su colosal pericia para captar a través de su cámara el instante que ha de ser exactamente captado, se dio cuenta muy pronto (observemos que tenía 23 años cuando tomó la foto del miliciano) de que, como dijimos en nuestro anterior artículo sobre la exposición de las cámaras Leica, las imágenes pueden alcanza el estatus superior de iconos y, con él, formar parte para siempre de un imaginario tan contundente como precario e impreciso.


Los niños de Peironcely, 10 (1936), fotografía de Robert Capa

 

Para explicar lo que he dicho al final del anterior párrafo, hay que mencionar el hecho de que el nombre real del fotógrafo era Endre Ernő Friedmann. Estando en Francia, él y Gerda Taro, según se cuenta en la biografía de Capa escrita por Richard Whelan, idearon un plan que consistía en crear la figura de un fotógrafo imaginario, "rico y triunfador", que sería el que, a partir de un momento dado (fechado entre abril y septiembre de 1936) firmaría las fotos realizadas por Endre Friedmann que, desde entonces, pasaría por ser el ayudante de revelado de Capa (hay que decir que capa, en húngaro, significa "tiburón" y era el apodo que recibía en clase nuestro protagonista por sus continuas diabluras). De paso, hay que decir que en ese mismo intervalo de tiempo fue cuando Gerta Pohorylle se convirtió en Gerda Taro, que es el nombre con el que la conocemos y pasó la Historia. Esta historia encierra un poderoso conocimiento, con toda seguridad intuitivamente adquirido, dada la época en la que tuvo lugar, sobre el hecho de que no se trata solo (en función de los medios de comunicación actuales) de cómo es la obra de arte o creativa en sí misma sino, sobre todo, de quién es el que la firma o, con más precisión, de quién es el personaje que la firma. Vemos las fotografías de Robert Capa (o de Endre Ernő Friedmann, según su nombre de nacimiento, o André Friedmann, como era conocido en París) y enseguida nos damos cuenta de su capacidad para captar milagrosamente lo insólito fugaz. Esto se aprecia inmediatamente, por ejemplo, en la fotografía que toma en Cherburgo (Francia) el 28 de junio de 1944 en la que muestra cómo soldados americanos y civiles franceses están juntos celebrando la liberación de la ciudad. Todas las cabezas de los allí reunidos se agrupan formando una "X" o un aspa pero el centro de la imagen lo ocupa una figura que emerge desde el centro de esa esa "X" o aspa, la cabeza de una mujer que parece ausente a lo que allí se festeja. Su mirada está perdida, interrogándose, tal vez, en su interior, qué puede deparar el futuro. Sobre la celebración, aflora con cierta timidez la inquietud por el porvenir. ¿Cómo una instantánea puede alcanzar tal potencial de expresividad simbólica?

 

Solados americanos y civiles franceses celebrando la liberación de la ciudad (1944) de Robert Capa. Sobre ella, hemos trazado líneas y círculos rojos para mostrar la perfecta estructura de la composición.


Es decir, Capa no necesitaba crear ningún personaje para que sus fotos destacaran a simple golpe de vista. Pero su carrera es todo un trayecto envuelto por la leyenda y la controversia en la que los datos ciertos y los dudosos se entremezclan en apasionante y fascinador relato. No está confirmado el hecho de que, en su Hungría natal, estuviera a punto de afiliarse al partido comunista y que hasta hubo un encuentro frustrado con un reclutador del partido. Parece ser que llegó a ser detenido y que solo fue liberado (con la intervención de su padre, que se habría hecho pasar por agente de la policía secreta) con la condición de que se marchara a Berlin, cosa que hizo el 12 de julio de 1931. Todo ello forma parte de una evanescente realidad o una brumosa fantasía. Lo que sí está fuera de toda duda es que logró fotografiar a León Trotski en su primera comparecencia pública, en Copenhague, en noviembre de 1932, todo un logro para un fotógrafo de solo 19 años. También es inapelable que logró captar unas instantáneas increíbles el 30 de junio de 1936 del incidente que se produjo en Ginebra, en la sede de la Sociedad de Naciones, durante el discurso que el rey de Etiopía Haile Selassie en contra de la ocupación de su país y que fue interrumpido por el alboroto provocado por periodistas italianos en defensa de la intervención del régimen fascista. En París, se hizo amigo de otros grandes fotógrafos de la época como David Seymour 'Chim', Henri Cartier-Bresson y Gisèle Freund y de figuras como Ernest Hemingway, Gene Kelly y John Huston. Muchos testimonios confirman que solía despilfarrar sus ganancias llevándose la gran vida, siendo, además, un jugador empedernido en las mesas de póquer y en las carreras y cayendo en frecuentes excesos con la bebida. Obtenida la nacionalidad estadounidense en 1945, tras la II Guerra Mundial, hay tres episodios tan diferentes entre sí como su idilio con la actriz Ingrid Bergman durante dos años a raíz de una audaz insinuación por su parte, la creación en 1947 de la agencia cooperativa Magnum junto a otros fotógrafos como 'Chim', Cartier-Bresson, George Rodner y William Vandivert y el viaje a la URSS, también en 1947 (entre finales de julio a mediados de septiembre), junto a John Steinbeck para terminar publicando al año siguiente la obra literario-fotográfica Diario de Rusia (que no gustó ni a soviéticos ni a anticomunistas). En definitiva, una biografía apasionante en la que se mezclan hechos semificticios y hechos semirreales con hechos netamente ficticios y hechos auténticamente reales para crear un personaje de inequívocos glamour y atractivo.


Desembarco de las tropas americanas en Omaha Beach el día D (1944) de Robert Capa


Quizás, solo todo este contexto que hemos esbozado explica cómo surgió la fotografía Muerte de un miliciano. Un historiador local de Alcoy puso nombre y apellidos al miliciano cuya muerte, presuntamente, quedó inmortalizada en la fotografía de Capa: Federico Borrell García, militante anarquista. Pero el documental La sombra del iceberg (2007) de Hugo Doménech y Raúl Riebenbauer, fruto de una exhaustiva investigación, puso en duda la veracidad de la imagen, que no sería, en realidad, más que la representación de una impostada puesta en escena y de que, incluso, cabía la posibilidad de que fuera Gerda Taro quien tomó en realidad la fotografía. Posteriormente, a raíz del hallazgo en 2008 de una maleta perdida con negativos de imágenes captadas por Capa y Taro, El Periódico publicó que, según se desprende de las fotografías halladas, las mismas fueron tomadas en la localidad cordobesa de Espejo, a diez kilómetros donde estaba situada la línea del frente, de manera que no pudo haber ninguna refriega que condujera a la muerte por disparos de un combatiente. No sería la única polémica que rodea la obra de Capa. Otra muy diferente afecta a las imágenes que tomó durante la jornada del desembarco de Normandía. Él afirmaba que había tomado centenares de instantáneas del hecho pero se hizo correr la noticia de que muchas se quemaron en el armario de secado del laboratorio de revelado y solo sobrevivieron once. Investigaciones realizadas por el periodista estadounidense A. D. Coleman, en realidad la historia de la fotos quemadas es falsa y nunca hubo más de las once fotos que recibieron el apelativo de las "once magníficas". La verdad de los hechos sería mucho más banal: Capa no pudo tomar más fotos porque se acobardó durante el desembarco y no regresó al lugar del mismo hasta dos días después. Como ven, como dice la canción Ojos de gata de Los Secretos, "... cómo explicar / que me vuelvo vulgar / al bajarme de cada escenario".



Muerte de un miliciano (1936), la tan icónica como polémica fotografía de Robert Capa

 

Lo más cruelmente paradójico de todo lo que acabamos de relatar es que, como hemos explicado al comienzo del artículo, es que tanto Robert Capa como Gerda Taro murieron en pleno frente de guerra, en primera linea de batalla, queriendo estar lo más cerca posible de los enfrentamientos bélicos que buscaban retratar. Incluso, en el día D, él llegó a tomar las imágenes que pudo teniendo en cuenta que fue una operación militar terrible –basta recordar el comienzo de Salvar al soldado Ryan (1998) de Steven Spielberg– y que, a fin de cuenta, él no estaba allí como soldado sino como fotoperiodista. ¿Cómo abordar, entonces, el problema que plantea Muerte de un miliciano? Cuando revisamos todas las imágenes de la exposición del Círculo de Bellas Artes de Madrid, no podemos dudar que estamos frente a uno de las más grandes figuras de la historia de la fotografía, alguien que no solo hizo fotografía de guerra sino que también hizo fotografía en la guerra, mostrando las consecuencias de la misma en la población, que fue un fotorreportero capaz de apretar el pulsador de la cámara en el momento justo y exacto y que supo huir de las grandes tragedias para hacer retratos de lugres y personas que podían ir destinadas perfectamente a las revistas de corazón de la época. Y fue un fotógrafo que, además, supo discernir las claves comunicativas y audiovisuales para ocupar el centro del tablero de juego en un momento en que ello no estaba claro para todo el mundo y, de ninguna manera, para el gran público. Y, como poseedor de esas claves, él y Gerda Taro jugaron a aprendices de brujo consiguiendo una imagen a la que le pusieron el título adecuado para que ocupara un lugar privilegiado en las grandes revistas de información de la época. Porque, ¿qué hubiera sucedido si la foto hubiese sido titulada, por ejemplo, Grito de un miliciano? Quizás, esa misma imagen hubiera acabado siendo icónica de todos modos y la controversia futura no hubiera existido. Pero ellos sabían que no se trataba de la imagen en sí sino de todo lo que el espectador imaginara o le fuera incitado a imaginar.  Y, sobre todo, que, en el momento, la imagen tuviera repercusión universal (hoy, diríamos global). Todo el mar de contradicciones que rodea a Robert Capa no más que el mismo mar de contradicciones que también rodea a ese mundo plagado de imágenes que es en el que llevamos viviendo desde hace varias décadas. Contradicciones a las que aún no hemos logrado encontrarles solución.

 


Un soldado alemán capturado por soldados americanos cerca de Nicosia (1943) de Robert Capa

 

En el siguiente vídeo, mostramos algunas de las imágenes de la exposición sobre Robert Capa en el Círculo de Bellas Artes de Madrid.




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