"LAS PALABRAS DEL DESCONOCIDO", NUEVA NOVELA DE JOSÉ MANUEL CRUZ

EXPOSICIÓN "LEICA: UN SIGLO DE FOTOGRAFÍA": ENCRUCIJADA DE ICONOS


Desde el pasado 10 de septiembre de 2025 y hasta el próximo 11 de enero de 2026, se celebra en el Centro Cultural Fernán Gomez de Madrid la exposición Leica: Un siglo de fotografía, en la cual se muestran imágenes míticas tomadas, a su vez, con la más mítica cámara fotográfica que, posiblemente, haya existido jamás. Tendremos la oportunidad de ver imágenes tomadas por el propio inventor de la cámara (Oskar Barnack) y por el propietario la compañía fabricante (Ernst Leitz) en el período en el período 1914-1925 e iniciaremos un recorrido de un siglo en el que fotógrafos célebres tomaron instantáneas que, muchas de ellas, forman parte ya del imaginario colectivo y conforman la memoria visual de varias generaciones. Fotógrafos como Thomas Hoepker, Walter Vogel, Joel Meyerowitz, Alberto Korda, Bruce Davidson, Francesc Català-Roca, Ramón Masats, Xavier Miserachs, Koldo Chamorro, Anna Turbau, Alberto García-Alix, Ouka Lele, Manuel Sonseca, Ricard Terré, Cristina de Middel, Sebastião Salgado, Elliott Erwitt, Chris Steele-Perkins, Steve McCurry, Jane Evelyn Atwood, David C. Turnley, Eva Woolridge o, incluso, Carlos Saura, entre otros muchos, van pasando ante nuestros ojos demostrando, a pesar de sus diferencias, una continuidad estilística que creo que va meramente más allá de la cámara empleada y que parte de una determinada vocación en relación a cómo mirar la realidad: documentar (es decir, retratar el presente) haciendo arte (es decir, creando algo que va mucho más allá del momento temporal en que fue concebido). La cámara Leica, por las texturas visuales que ha ofrecido en función de sus características técnicas, ha demostrado ser durante más de un siglo la intermediara perfecta que resolvía la tensión entre ambos polos permitiendo una nitidez y definición de imagen tan deslumbrante que, logrando la fidelidad absoluta al objeto retratado, al mismo tiempo lo elevaba a una categoría por encima de la realidad para convertirlo en un elemento artístico de primer orden.


Mercado de hierro, Wetzlar, una de las primeras fotografías tomadas por el propio inventor de la cámara Leica, Oscar Barnack, en 1914


Lo explicado en el párrafo anterior tiene un corolario adicional: y es que todas estas fotografías terminan ilustrando uno de los rasgos esenciales (sea este voluntaria o involuntariamente asumido) de la civilización de la imagen. La fotografía, el cine, la televisión y, en la actualidad, internet, no han creado un espacio continuo y, en cierto modo, caótico de millones de imágenes estáticas o en movimiento sino que el mismo se estructura en función de iconos básicos en torno a los cuales se articulan ideas, pensamientos y recuerdos. En definitiva, los conceptos y la memoria en las cuales se basa nuestra visión. Si hablamos, por ejemplo, de la generación del 27, lo que inmediatamente se nos viene a la mente es la fotografía tomada en el acto de homenaje a Góngora en el Ateneo de Sevilla el 17 de diciembre de 1927. Si pensamos en el final de la II Guerra Mundial, visualizamos la imagen tomada por Alfred Eisenstaedt del beso del marinero a la enfermera en la Times Square de Nueva York o la de Winston Churchill dibujando con sus dedos la "V" de victoria. Si queremos reconstruir la lucha por los derechos civiles en el sur de Estados Unidos por parte de la población de raza negra, hay que remitirse a las fotos tomadas por Esther Bubley o Gordon Parks en las que se reflejan distintas situaciones de segregación racial o la de Gene Herrick retratando a Rosa Parks negándose a ceder su asiento a un blanco en un autobús y el arresto posterior de la activista. Si se discute sobre la guerra de Vietnam, casi se torna inevitable no pensar en Kim Phùc abrasada por el napalm, momento inmortalizado no sabemos si por Nick Ut o Nguyen Thanh Nghe el 8 de junio de 1972. Las fotografías que vemos en la exposición aspiran, cada una a su modo, cada una en mayor o menor medida, a ser iconos de una situación, de un contexto, de un momento, ayudadas por esa estética común que proporciona un aire de sinuosa intemporalidad a las imágenes. Reparemos, por ejemplo, en las dos fotografías que reproduzco a continuación:



Arriba, Seminario (1960) de Ramón Masats. Abajo, Ernesto 'Che' Guevara (1960) de Alberto Korda


Ambas fotografías son famosas y, curiosamente, las dos son del mismo año, 1960, un dato del que muy pocas personas, salvo los verdaderamente expertos, son realmente conscientes. La primera, titulada Seminario, es del fotógrafo español Ramón Masats (1931-2024). No solo hay un relato en ella sino que hay varias capas como un juego de mathryoshkas. Unos aspirantes a sacerdote hacen un descanso en su proceso diario de formación y viven un momento distendido jugando un partido de fútbol. Es un momento de entretenimiento pero, a pesar de ello, todos ellos llevan puesta la sotana. Ese es un primer elemento, chocante, de la composición, toda una expresión de la idea que se quiere transmitir: aunque se están divirtiendo, su condición personal sigue estando indefectiblemente presente. La segunda cuestión a destacar es que la instantánea recoge un momento único, el instante exacto en el que el sacerdote que juega de portero hace una espectacular parada. La fotografía, así, realizaría lo que Tarkovski, hablando del cine, expresó como "esculpir el tiempo": una décima de segundo, que podría haberse extinguido cuando ya nadie la recordara, ha quedado cristalizada a perpetuidad. El tercer elemento (sorprendente) a mencionar es que, a pesar de que no hay ni preparación ni coreografía en la imagen, la composición dibuja un esquema casi perfecto. A izquierda y derecha del sacerdote-guardameta se dibujan dos líneas en perspectiva que trazan una 'V' cuyo vértice apunta al único edificio que se observa al fondo de la imagen (parece ser un edificio en construcción o, como mínimo, rehabilitación, es decir, es un edificio en obras):



Como se aprecia, si continuamos el trazo de ambas líneas de la 'V' y las prolongamos hasta el fondo tendríamos otra 'V' simétrica a la primera (unidas formarían un aspa o una 'X') y esa segunda 'V' delimitaría toda la extensión del único edificio que aparece en la fotografía. Toda la imagen, así, podría ser calificada como una especie de "milagro simbólico" (sustentado en una inaudita perfección formal), del que podría extraerse muchos significados que trascenderían al momento en el cual la foto fue realizada. Tan es así que, recordemos, Pedro Almodóvar la recreó en La mala educación (2004) en el convencimiento de que el traerla a nuestra época es posible porque su validez icónica sigue persistiendo a pesar del paso del tiempo. La segunda imagen que deseo analizar, del fotógrafo cubano Alberto Korda (1928-2001) (cuyo nombre real era Alberto Díez Gutiérrez), necesita poca presentación, ya que es el retrato más conocido y reproducido del Ché Guevara. De manera deliberada, se ha hecho desaparecer todo contexto o elemento referencial. El personaje está solo, en gesto indefinido, con un fondo indeterminado e impreciso. El éxito de esta imagen y toda su repercusión posterior radica en que en ella está ausente el tiempo y el espacio, convierte al personaje en un ser que trasciende las coordenadas básicas de localización. Si decimos que el fotógrafo ha intentado crear algo así como un "mesías laico" con la imagen, no creo que anduviéramos muy desencaminados. En ambos casos, la capacidad de la Leica para generar atmósferas intemporales está fuera de toda duda y explica su predilección por ella por tantos fotógrafos de primera línea.


Hambruna etíope (1985), fotografía de Sebastião Salgado


Por todo lo dicho, cada una de las fotografías de la exposición que estamos describiendo tiene el potencial de convertirse en una encrucijada de iconos: momentos históricos o vitales altamente relevantes, una cámara mítica, un fotógrafo célebre y una imagen con vocación de fijarse para siempre en la conciencia colectiva coinciden para narrar nuestro mundo, nuestro tiempo, nuestra visión y nuestro estado de ánimo, para convertirse en centro de gravedad de la memoria y los recuerdos históricos, para ser el punto de partida de cualquier relato de lo que sucedió y de por qué sucedió. Con esto, estoy diciendo que tampoco hay que tomar estas imágenes como dogmas de fe absolutos. Estas imágenes son frutos de una mirada y, por tanto, como pasa con toda mirada, es parcial y relativa (y hay que asumir, además, que toda imagen icónica es una simplificación por sí misma). Pero, a pesar de ello, toda mirada es valiosa porque ofrece un punto de vista único y, en todos estos casos, privilegiado (por proximidad) en relación a la realidad fotografiada. En consecuencia, cada una de estas imágenes es una incitación a profundizar en temas que podrían o deberían ocuparnos, preocuparnos, interesarnos e inquietarnos. En la civilización de la imagen, puede ser el perfecto punto de partida para las voces y las palabras y, por tanto, para todo diálogo y debate. En muchas ocasiones, no hay otro punto de partida posible porque lo que no tiene imagen, en la época actual, corre el riesgo de no existir, de no ser prácticamente nada.


VÍDEO SOBRE LA EXPOSICIÓN LEICA: UN SIGLO DE FOTOGRAFÍA


 

 

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