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Publicado por
José Manuel Cruz Barragán
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Dentro de las dificultades que suelen encontrar la mayoría de las películas iberoamericanas para encontrar distribución en Europa y, en particular, en España (a pesar del hecho incontestable de que compartimos idioma y cultura), cada temporada logran colarse en la cartelera una serie de títulos que demuestran fehacientemente la calidad del cine que se hace al sur de Estados Unidos, el cual aporta, además, valores, enfoques, puntos de vista y códigos expresivos propios y originales. En los últimos años, films como Desde allá (2015) de Lorenzo Vigas, Relatos salvajes (2014) de Damián Szifron, El ciudadano ilustre (2016) de Mariano Cohn y Gastón Duprat, Una mujer fantástica (2017) de Sebastián Lelio, Roma (2018) de Alfonso Cuarón, La flor (2018) de Mariano Llinás, Ema (2019) de Pablo Larraín, Araña (2019) de Andrés Wood, Monos (2019) de Alejandro Landes, Ya no estoy aquí (2019) de Fernando Frías de la Parra, Canción sin nombre (2019) de Melina León, Nuevo orden (2020) de Michel Franco, El Agente Topo (2020) de Maite Alberdi, Aún estoy aquí (2024) de Walter Salles o El agente secreto (2025) de Kleber Mendonça Filho, de distinto modo y a distintos niveles, han logrado encontrar su hueco dentro del saturado panorama cinematográfico que caracteriza nuestra época y encontrar su público y sus espectadores. En este año 2026, la película iberoamericana que ha logrado convertirse en uno de los hitos imprescindibles para una audiencia bombardeada por centenares de propuestas ha sido la colombiana Un poeta (2025) de Simón Mesa Soto, una película que habla de vocaciones frustradas, sueños rotos, expectativas que son casi un clavo ardiendo en una vida ya sin ilusión y de cómo es y a qué ha llegado el mundo de la cultura en un tiempo de impostura y superficialidad. Una película que es tan dramática como satírica, tan sociológica como esperpéntica, tan humanista como cruel.
Arriba, una escena de Un poeta de Simón Mesa Soto
Óscar Restrepo (interpretado por un sensacional, deslumbrante y conmovedor Ubeimar Ríos) es un poeta que, en su día, recibió un importante premio nacional, que prometía convertirse en una gran figura de las letras pero que, con el paso de los años, ha contemplado cómo su obra no ha alcanzado ni prestigio ni repercusión ni relevancia. Adicto a la bebida, con una fría relación con su hija y su anterior pareja, teniendo que aparentar que está con su madre porque la tiene que cuidar (en realidad, vive con ella porque se mantiene económicamente con el dinero que ella le va entregando), parece en algunos momentos que solo su admiración por el poeta José Asunción Silva (1865-1896), muerto por suicidio cuando tenía treinta años, insufla algo de pasión e ilusión por su vida. Eso, por el lado positivo, porque, en el negativo, el desenlace de su autor admirado supone en algunos momentos para él un destino final factible y deseable dada la ausencia de elementos favorables en su día a día. Finalmente, ante la presión ejercida por su hermana, se ve obligado a entrar como maestro en un colegio como profesor de filosofía. Allí, una de sus alumnas, Yurlady, parece tener talento para la poesía. Y, entonces, él empieza a verla como una vía de salida a su propio fracaso: decide empezar a promoverla e intentar convencer a su familia para que la deje acudir a reuniones y eventos literarios. Hasta cierto punto, el personaje va perdiendo la visión racional de los hechos sustituyéndola por una expectativa que él quiere convertir en clave de salvación de una vida que considera fracasada. Y ahí es donde acabará cayendo en una trampa de contradicciones y barreras insalvables.
Arriba, una escena de Un poeta de Simón Mesa Soto
Una de las grandes virtudes de Un poeta es que, tal como hemos ido exponiendo en los párrafos anteriores, sabe moverse en diferentes niveles y aspectos de la historia. Está, desde el punto de vista de los personajes que la conforman, el perfil del protagonista, el de alguien que se dedica a una actividad que se considera cuyo único éxito posible pasa por lograr el reconocimiento social y que tiene que afrontar el hecho de que no lo ha conseguido; está la figura de la chica, Yurlady, que todos la ven como una futura gran poeta (interpretada por Rebeca Andrade) pero cuyo fuero interior está dominado por otras ilusiones y otros proyectos; está la figura de la hija del protagonista (Margarita Soto), que tiene que sobrellevar todas las negligencias y contradicciones de una figura paterna tan volátil como fantasmal; está el escritor de éxito (Guillermo Cardona) quien, más allá de sus virtudes literarias, está claro que mantiene su posición por un conjunto de habilidades sociales y de promoción junto a las dosis necesarias de cinismo, doblez y astucia; está también la familia de la chica con talento para la poesía, que sin entender muy bien la naturaleza de lo que le están proponiendo, tiene sus propios problemas y ha de afrontar las dificultades para sacar adelante su día a día en medio de importantes estrecheces económicas... Todo ello conforma un universo narrativo que, más allá de la habilidad del guion para saberlos combinar con coherencia, refleja a la perfección un ambiente cultural y un ambiente social, un entorno que es el entorno de nuestro tiempo, un entorno en el que la cultura se ha banalizado, en el que el propio sistema cultural ha aceptado entrar en una dinámica de impostura y superficialización y en el que, no sabemos si como causa o como efecto, no existe en la sociedad un especial aprecio por el hecho cultural en sí y, en todo caso, por si la anterior afirmación se discute, no existe un especial aprecio por el hecho cultural que pretende ser trascendente y de altura. Todo hecho cultural en la actualidad, para ser considerado y tenido en cuenta, tiene que estar rodeado del componente "espectáculo" o del componente "vertiente social" y, asociado a ello, existe todo un ambiente de perfecta hipocresía que disfraza de arte lo que es pura pose. Óscar Restrepo, con sus ambiciones creativas y su adopción de José Asunción Silva como modelo, está condenado a fracasar en dichas circunstancias. Solo podría triunfar no siendo lo que es y, por ello, su pretensión de convertir a Yurlady en figura literaria de primer nivel tiene mucho de delirio y objetivo grotesco, lo convierte casi en un personaje de una obra teatral de Samuel Beckett, condenado a hacer un esfuerzo que no le va a servir para absolutamente nada. Por ello, Un poeta no puede sino moverse en un tono entre el drama y la sátira, la tragedia bufa y el costumbrismo caricaturesco, entre dos polos que parecen irreconciliables pero que conviven casi a gusto en el interior de la trama de la película.
Arriba, una escena de Un poeta de Simón Mesa Soto
El estilo cinematográfico de Simón Mesa Soto se mueve, con estilo propio, entre diferentes referencias y patrones. La trama de Un poeta puede recordar a películas como El trigo está verde (1945) de Irving Rapper o Educando a Rita (1983) de Lewis Gilbert, cuyas historias también giran en torno a profesores que, ante su sensación de haber vivido una existencia vacía y sin propósito, un alumno inesperadamente brillante les hace imaginar que van a poder culminar con sus trayectorias con un blasón que nunca habían pensado alcanzar. Pero, por otro lado, también recuerda en ciertos momentos a films como The Square (2017) de Ruben Östlund y ciertos títulos de Tomás Gutiérrez Alea, sobre todo los de su vertiente más satírica como La muerte de un burócrata (1966) o Los sobrevivientes (1979). Por tanto, desde el punto de vista del estilo, Simón Mesa Soto sabe adaptarse a los dos polos entre los que, como hemos explicado, se desarrolla su argumento, entre lo dramático y lo grotesco, y va moviéndose entre ellos con tanta soltura como capacidad expresiva y significativa. A día de hoy, y también en los días del pasado, hay muchos personajes como Óscar Restrepo que, dentro de su aparente ridiculez, encierran un extraña pero inapelable esencia de dignidad y coherencia. Su destino es la inadaptación pero la misma alberga, en su aura de fracaso, una callada descalificación contra una atmósfera social que es pura escenificación y absoluta teatralidad. Óscar Restrepo, como el príncipe Myshkin de Fiódor Dostoyevski, pasa por ser idiota cuando, en realidad, únicamente es incapaz de engañarse y engañar al resto de personas respecto a la realidad de la creación literaria. Sabe que sin una honestidad absoluta y una fidelidad ciega a unos principios estilísticos esenciales, la creación es una mera estafa. Esa lucidez le condena socialmente. Pero, como vemos en el poema final que logra escribir, es lo único que puede lograr salvarle a nivel personal y, en última instancia, proporcionarle la posibilidad de ofrecer un legado para el futuro. Como Franz Kafka, Fernando Pessoa o John Kennedy Toole, el protagonista escribe para una posteridad que no sabe si va a llegar a escucharlo y entenderlo o no. En su propósito, solo puede encontrar la soledad. Porque todos los demás atienden a objetivos más concretos, tangibles e inmediatos. Sin embargo, toda colectividad necesita siempre a un Óscar Restrepo, a alguien que ya ha visitado los territorios que aún están por alcanzar. Son voces tal vez ridículas en el presente y que solo el futuro puede concederles (o no) el valor que realmente se merecen. El drama y la comedia coexisten en empeño tan insensato como hermosamente ambicioso.
TRÁILER DE UN POETA DE SIMÓN MESA SOTO




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