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EXPOSICIÓN "CHEZ MATISSE. EL LEGADO DE UNA NUEVA PINTURA" EN CAIXAFORUM DE MADRID: LA INFLUENCIA DE UN PINTOR DE PINTORES
Publicado por
José Manuel Cruz Barragán
el
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Desde el pasado 29 de octubre de 2025 y hasta el próximo 22 de febrero de 2026, se celebra en el Caixaforum de Madrid la exposición Chez Matisse: El legado de una nueva pintura. A pesar de su título, no solo podemos contemplar en ella obras del artista francés Henri Matisse (1869-1954) sino que también disfrutaremos de otras de Albert Marquet, Bela Czóbel, Maurice de Vlaminck, Georges Braque, André Derain, Robert Delaunay, Sonia Delaunay, Natalia Goncharova, Mijaíl F. Lariónov, August Macke, Emil Nolde, Ernst Ludwig Kirchner, Max Pechstein, Alexej von Jawlensky, August Élysée Chabaud, Kees van Dongen, František Kupka, Pablo Picasso, Françoise Gilot, Pierre Bonnard, Baya, Le Corbusier, Barnett Newman, Anna-Eva Bergman, Raymond Hains, Shirley Jaffe, Alain Jacquet, Jean-Michel Meurice, Daniel Buren, Michel Parmentier y Zoulikha Bouabdellah. Esta larga lista es, por sí misma, toda una declaración de intenciones del propósito de la muestra. Porque no se trata solo de hacer un recorrido por la trayectoria del artista galo que da título a la exposición sino de explicar su influencia en múltiples líneas, tendencias y perspectivas a lo largo de buena parte del siglo XX y, si atendemos al vídeo que se proyecta de Zoulikha Bouabdellah (fechado en 2003), hasta el mismo siglo XXI. A pesar de que es posible que, a la hora de hablar de creadores influyentes del arte contemporáneo, Matisse no figuraría para el gran público en los primeros lugares de la posible lista (a pesar de que cuenta con la máxima consideración por parte de los especialistas), esta exposición aporta con carácter exhaustivo todas las claves de los factores por los que Matisse es un artista fundamental para comprender el devenir histórico de la evolución de la pintura y los numerosos meandros y afluentes de sus cambios y transformaciones e intenta, al mismo tiempo, reducir a su mínima expresión el abismo que existe entre su popularidad y su prestigio.
Autorretrato (1900) de Henri Matisse
La muestra se estructura en torno a siete bloques: "Línea y color (1900-1906)", "Primitivismos o la emoción (1907-1913)", "Provocar apariciones (1914-1917)", "Abstraerse (1914-1917)", "Nuestro corazón mira hacia el sur (1917-1929)". "Modernidades clásicas. Matisse y su diálogo con Bonnard, Gilot y Picasso (1930-1938)", "Días de color. Pintura y película a partir de 1939" y "Chez Matisse. Horizontes múltiples (1961-1970)". Una serie de conceptos esenciales articulan el ideario pictórico del artista. Uno, el que parte de una rotunda afirmación suya: "No pinto las cosas, pinto las relaciones entre las cosas". Otro, el que nace en la contemplación de la potente luz de Collioure, la cual le inspira la estructuración del lienzo a través del color. Finalmente, podemos mencionar su concepción del cuadro como pura superficie pictórica, es decir, el cuadro se justifica en sí mismo y no por cualquier tipo de conexión con ningún otro objeto real. Se consagra, así, por un lado, la que podríamos denominar "autonomía de la pintura", que es lo que llevará al pintor a afirmar que "a fin de cuentas, yo no creo ninguna mujer sino que hago un cuadro", y, por otro, la pasión decorativista y el deseo de agradar (o, más bien, deslumbrar) al espectador con el juego intenso de las combinaciones formales manejadas. No es de extrañar, en función de este haz de ideas, tan conectadas con las posiciones vanguardistas en arte, música y literatura del primer tercio del siglo XX, que Matisse acabara ilustrando los poemas de Mallarmé, Las flores del mal de Baudelaire y el Ulysses de Joyce. Pero, mucho más importante que eso, son las consecuencias radicales que se derivan de su pensamiento creativo. Pongamos el caso, por ejemplo, de la pintura que reproducimos a continuación: Intérieur, bocal de poissons rouges ("Interior, pecera de peces rojos").
Intérieur, bocal de poissons rouges (1914) de Henri Matisse
En la pintura superior, el centro de la composición lo ocupa el objeto que da título al cuadro: una pecera con peces rojos. Podría ser el motivo único de una obra: solo la pecera y los peces, y ya sería la representación de un mundo aislado completamente apartado de su entorno. Pero, a su alrededor, hay otras imágenes: una ventana, por la que se vislumbra el exterior: el edificio que se ve al fondo, con carruajes pasando o estacionados junto a él, un puente, un río; junto a la pecera, hay una maceta; pecera y maceta están sobre un taburete; detrás, hay un diván; delante, una mesa y una butaca... Cada uno de los espacios del cuadro parece tener vida propia, cada uno de ellos podría ser, individualmente, el motivo único y principal de un cuadro que estuviese destinado exclusivamente para los mismos. Sin embargo, todos están reunidos en una misma pintura. ¿Con algún tipo de orden o jerarquía? Aparentemente, no. De hecho, la posición de la pecera en el centro puede parecer hasta arbitraria: sería posible otro punto de vista en el que los mismos objetos y lugares también aparecieran sin que la pecera ocupara el lugar central. El cuadro es una invitación para que reflexionemos sobre el hecho de que la estructura puede ocultar, disfrazar O tergiversar muchas veces los elementos reales que la conforman. Dichos elementos no son solo piezas de un mecanismo sino que poseen una entidad que no se les debe ser negada. Este cuadro viene a ser un manifiesto sobre el rechazo a la conceptualización aplicada de forma generalizada sin atender a la naturaleza intrínseca de cada objeto o cada ser y, por tanto, es una apelación a mirar la realidad, los elementos que componen la realidad, de una forma diferente y opuesta a cualquier generalización simplificadora. Por extensión, todo cuadro que veamos de Matisse no puede ser despachado desde la descuidada displicencia sino desde el convencimiento de que encierra una forma y una visión particulares y únicas que exigen ser observadas con suma atención.
Luxe, calm et volupté (1904) de Henri Matisse
A lo largo de sus distintas etapas creativas, que se pueden apreciar claramente en la exposición, aplicó su ideario pictórico de formas distintas y diversas (llegando a pasar por experiencias con la abstracción y el primitivismo) pero siempre fue fiel al mismo y, sobre todo, en todo momento fue avanzando en su proceso paso a paso consolidando una técnica, un estilo y unas habilidades cada vez más perfeccionados y depurados. Frente al derroche de una acusada capacidad de expresión artística personal (como seria el caso de Picasso o Dalí), Matisse, dentro de un pronunciado grado de contención (lo cual no ayuda a que su obra sea amplia y directamente reconocida y admirada por el público no especialista), fue desarrollando su obra según pasos firmes y perfectamente ponderados. Cada etapa de su evolución sirvió de inspiración a muchos otros artistas, de manera que Matisse se terminó convirtiendo en algo así como un "pintor de pintores" o un "artista de artistas" (teniendo en cuenta que, además de a la pintura, también se dedicó a la escultura) siendo foco permanente de inspiración y referencia. Calificarlo solo como pintor fauvista (lo fue efectivamente en sus comienzos) sería una burda simplificación sobre toda su trayectoria, que, siendo completamente coherente, encierra, al mismo tiempo, sorprendentes giros y matices. La exposición en Caixaforum de Madrid, por todo lo dicho, es una excelente oportunidad para que el gran público sitúe a Matisse en el lugar que se merece dentro de la historia del arte contemporáneo y conozca una obra que es el punto de partida decisivo para otras muchas aventuras estéticas y creativas posteriores.
VÍDEO DE LA EXPOSICIÓN:



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