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SECCIÓN HISPANIA NOIR. "A TIRO LIMPIO" (1964) DE FRANCISCO PÉREZ-DOLZ. UN CLÁSICO FINALMENTE RECONOCIDO
Publicado por
José Manuel Cruz Barragán
el
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(Este artículo fue publicado originalmente el 1 de enero de 2023 en la revista cultural digital Hojas Sueltas)
En el artículo de hoy, hablamos de A tiro limpio de Francisco Pérez-Dolz e incluimos una entrevista al actor Lucio Romero, quien realizó un pequeño papel en la película y nos cuenta varios aspectos muy interesantes sobre su rodaje y sobre su director.
Escena de A tiro limpio de Francisco Pérez-Dolz
Si hay un título del cine negro español que, con el paso del tiempo, se ha convertido en todo un clásico alabado y reivindicado, este es, sin duda, A tiro limpio del barcelonés (aunque nacido, curiosamente, en Madrid) Francisco Pérez-Dolz. Estrenada el 2 de marzo de 1964 en Barcelona y el 24 de mayo de 1965 en Madrid, la película cuenta en su reparto con la presencia de tres figuras muy populares del cine de la época. Por un lado, José Suárez, quien, con anterioridad, ya había aparecido en Historia de una escalera (1950) y Brigada criminal (1950) de Ignacio F. Iquino, Ronda española (1951) de Ladislao Vajda, Alba de América (1951) de Juan de Orduña, Condenados (1953) y El batallón de las sombras (1957) de Manuel Mur Oti, Once pares de botas (1954) de Francisco Rovira Beleta y Calle Mayor (1956) de Juan Antonio Bardem. Por otro lado, Luis Peña, quien previamente había intervenido en ¡Harka! (1941) de Carlos Arévalo, ¡A mí la legión! (1942) y Ella, él y sus millones (1944) de Juan de Orduña, Bambú (1945) de José Luis Sáenz de Heredia, Reina santa (1947) de Rafael Gil, Surcos (1951) de José Antonio Nieves Conde, Calle Mayor (1956) de Juan Antonio Bardem, Embajadores en el infierno (1956), Amanecer en Puerta Oscura (1957) y 091: Policía al habla (1960) de José María Forqué y Madrugada (1957) de Antonio Román. Y, finalmente, María Asquerino a la que los espectadores ya habían podido ver en Reina santa (1947), Don Quijote de la Mancha (1947) y La otra vida del capitán Contreras (1955) de Rafael Gil, Pequeñeces (1950) y Agustina de Aragón (1950) de Juan de Orduña, Surcos (1951) de José Antonio Nieves Conde, Aeropuerto (1953) de Luis Lucia, Tarde de toros (1956) de Ladislao Vajda y El balcón de la luna (1962) de Luis Saslavsky. Completaban el elenco en los papeles principales Carlos Otero, Joaquín Navales, Gustavo Re, Rafael Moya, María Julia Díaz, María Francés, Pedro Gil y Carolina Jiménez.
De izqda. a dcha., Luis Peña, Joaquín Navales y José Suárez, tres de los protagonistas de A tiro limpio
Magnífica desde el punto de vista técnico, la banda sonora (con una fuerte y evidente influencia del jazz) tuvo como responsable a Federico Martínez Tudó, la dirección de fotografía, a Francisco Marín, y el montaje, a Teresa Alcocer. El guion partió de una historia de José María Ricarte (quien, además de guionista, fue también un importante creativo publicitario) y fue escrito por este, por Francisco Pérez-Dolz y Miguel Cussó (que también ejerció de prolífico autor de novelas rosa y de aventuras, utilizando seudónimos como Sergio Duval, Michael Kuss y Max Grey). La trama gira en torno a dos viejos camaradas (José Suarez y Luis Peña) que se vuelven a encontrar tras varios años de no saber nada el uno del otro. Se da a entender que ambos defendieron en su momento ideas de izquierda pero, ahora, el personaje de Luis Peña (acompañado de un francés, interpretado por Joaquín Navales, con quien mantiene –se sugiere sutilmente– una velada relación homosexual) se ha convertido en un delincuente profesional a quien solo le mueven motivaciones económicas. Logra convencer al personaje encarnado por José Suárez (quien vive una situación familiar caracterizada por la falta constante de dinero y por los problemas con su amante, María Asquerino) para que se una a ellos en la realización de una serie de golpes con los que esperan obtener unos suculentos botines y terminan planeando uno en las oficinas donde se halla depositada la recaudación semanal de las quinielas. Esta acción debería ser la definitiva para ellos pero es la que termina precipitando los hechos en sentido absolutamente negativo.
José Suárez y María Asquerino mantienen en la película de Francisco Pérez-Dolz una relación sentimental que se acabará convirtiendo en uno de los motores fundamentales de la trama
Aunque, exponiendo el argumento, A tiro limpio se emparenta con films como La jungla de asfalto (1950) de John Huston o Atraco perfecto (1956) de Stanley Kubrick, lo verdaderamente interesante y relevante de ella es que también conecta, por el modo en que está rodada y relatada, con un título tan renovador como es El demonio de las armas (1950) de Joseph H. Lewis. Y ello por dos motivos. El primero, porque ambas películas no se centran exclusivamente en la reconstrucción de un presunto robo perfecto que, al final, sale mal, sino que retrata una dinámica en la que los personajes van asumiendo progresivamente mayores riesgos hasta llegar a un desenlace trágico. El segundo, por el tipo de soluciones visuales y narrativas adoptadas. Por ejemplo, el plano-secuencia inicial en el que el conductor y el acompañante son filmados desde la parte trasera del vehículo se inspira directamente en otro famosísimo plano-secuencia de El demonio de las armas rodado de la misma forma y que también concluye con un robo. Las quejas del personaje de María Asquerino al de José Suárez por las cuestiones de dinero son similares a las que Peggy Cummins realiza a John Dall en el film de Lewis y son las que llevan al protagonista a emprender una carrera criminal que, en realidad, detesta y le desagrada. Igualmente, ambas películas están rodadas en localizaciones reales, no en estudios, y con estilo y procedimientos cercanos a los de la nouvelle vague francesa (en el caso de El demonio de las armas esa cercanía estilística funcionaría como antecedente y, en el de A tiro limpio, como eco). Todo esto que decimos de A tiro limpio en relación a sus influencias y referencias sería aplicable a otros títulos del cine español y nos llevaría a concluir que muchos directores estaban más que familiarizados con los títulos más avanzados e innovadores del cine internacional, teniendo sobre todo en cuenta que El demonio de las armas era un film de serie B que, estrenado en España en junio de 1953, solo en décadas posteriores llegaría a tener en nuestro país una repercusión mucho más amplia y efectiva. Es decir, a pesar del clima de relativo aislamiento en el cual tenían que desarrollar su labor, los creadores buscaron y encontraron las formas de acceder a las expresiones visuales y narrativas más audaces y modernas y dejarse influir por ellas.
Carlos Otero (izqda.) y José Suárez (dcha.) en otra escena de A tiro limpio
Hay una curiosa polémica en torno a la película que puede servir para comprender con precisión el trasfondo de su historia. Quien fuera crítico del diario El País, Augusto Martínez Torres, cuenta en su libro Directores españoles malditos refiriéndose al director: “A finales de 2003, con este libro casi acabado, recibí una enfadada carta de Francisco Pérez-Dolz. Había leído los elogios que hacía de él y de sus películas en mi Diccionario Espasa Cine Español (1999) y no estaba de acuerdo. No en los elogios, sino en la manera de hacerlos. El punto de fricción era que yo insistía en que A tiro limpio estaba muy cortada por la censura del general Franco y él decía que no le habían cortado un solo fotograma. Primero, pensé en la fragilidad de la memoria de una persona de 81 años y en los cuarenta que habían pasado desde su película, pero insistió tanto en sucesivas cartas, que al final quedamos en que no había habido censura, pero sí mucha autocensura”. Igualmente, en relación al argumento de la película, explica: “Los atracadores comunistas Martín (Luis Peña) y Antoine (Joaquín Novales) llegan de Toulouse a Barcelona para organizar un grupo que realice acciones desestabilizadoras y se ponen en contacto con su viejo camarada Román Campos (José Suárez) para hacer actos de envergadura”. Creo que la discusión entre Francisco Pérez-Dolz y Augusto Martínez Torres se debe a que el crítico realiza una interpretación del film que no corresponde a lo que el mismo quiere expresar. Los protagonistas de A tiro limpio no son unos personajes que actúan en función de motivaciones políticas sino que, aunque en su día defendieron unos ideales, ahora actúan empujados únicamente por criterios económicos y materialistas. Es decir, la película termina siendo una reflexión moral sobre qué sucede en un contexto en el que el dinero se convierte en el único valor relevante y, ante la presión de las circunstancias, cualquier tipo de convicción ha sido arrumbada en el desván de los trastos inútiles. Es el retrato de unos seres humanos desesperanzados que no tienen fe en poder cambiar la sociedad y, en función de ello, atienden tan solo ya al criterio del interés individual, no dudando en recurrir a la violencia como método para alcanzarlo. Dando un paso más, la película parece preguntarnos: “Si el egoísmo prima sobre cualquier otra consideración, ¿qué impide que se llegue a utilizar la violencia para poder satisfacerlo?”. En este sentido, es muy relevante un momento de la película en la que José Suárez va en busca de las armas que ha escondido en uno de los aseos de las oficinas que pretende atracar y la cámara, en vez de seguirlo, retrocede (ostensiblemente) y fija su atención en un cartel publicitario de las quinielas en el que aparece dibujada una mano sobre la que cae dinero como llovido del cielo: ahí, el director parece querer resumir cuál es la directriz fundamental por la que se conduce una sociedad y la causa final de todos los acontecimientos de los que estamos siendo testigos.
En un momento dado de A tiro limpio, la cámara se detiene en esta imagen, que no es solo un cartel publicitario sino, tal vez, un resumen del materialismo por el que únicamente se llega a regir una sociedad
Vibrante, nerviosa y visceral, A tiro limpio ha logrado convertirse con el transcurso de los años en un clásico del género negro español y en una exploración imprescindible del espíritu crítico existente en determinados ambientes sociales de la época que contemplaban, inquietos y preocupados, cómo muchos valores estaban siendo arrinconados por una visión plana y mezquina, en la que estaba ausente cualquier apelación a la colaboración y la solidaridad colectivas, y alertaban de las posibles consecuencias de esta deriva.
Los personajes de Joaquín Navales y Luis Peña mantienen una compleja relación en la película de Francisco Pérez-Dolz
ENTREVISTA A LUCIO ROMERO
Tengo la suerte de conocer a uno de los actores que intervinieron en A tiro limpio. Se trata del malagueño Lucio Romero y podemos verlo en la escena en la que José Suárez y Carlos Otero entran en los aseos de las oficinas de las quinielas para recuperar las armas que allí han escondido. En ese momento, entran dos empleados. Uno de ellos es Lucio Romero, para quien fue, además, su primer papel en una película. Lucio acumula una larga trayectoria profesional en el cine y, sobre todo, en el teatro, iniciada en 1960, y en la que ha obtenido grandes éxitos como, sobre las tablas, No somos ni Romeo ni Julieta de Alfonso Paso en el año 1968, La señorita de Trevelez de Carlos Arniches, con Irene Gutiérrez-Caba como protagonista, en el año 1979 y dos proyectos pioneros de teatro alternativo en los años 70 como Almas que mueren y Yo condeno de Horacio Ruiz de la Fuente y, en la gran pantalla, las películas Marcelino pan y vino (1991) de Luigi Comencini, Nadie conoce a nadie (1999) de Mateo Gil, Fugitivas (2000) de Miguel Hermoso, y El camino de los ingleses (2006) de Antonio Banderas. Además, es un gran coleccionista de carteles de cine, con más de 4.000 recopilados de películas españolas e internacionales de todos los tiempos. Le he entrevistado y esto es lo que nos ha contado sobre lo que recuerda de su intervención en el film.
Momento de A tiro limpio en el que aparece Lucio Romero: es el personaje que se lava las manos, a la izquierda del plano.
JOSÉ MANUEL CRUZ: Hola, Lucio. Tu participación en A tiro limpio fue tu debut en el cine. ¿Cómo te surgió la oportunidad de ese papel?
LUCIO ROMERO: Pues fue porque yo estaba haciendo teatro en Barcelona, en el Teatro Talía, en una obra con Carlos Lemos de protagonista, en una obra titulada El pagador de promesas. Y, entonces, llegó un nuevo realizador buscando un par de chicos jóvenes. Fuimos varios a la productora y el director nos hizo una prueba y nos pidió unas fotos y nos escogió a otro actor y a mí porque éramos los que más congeniábamos. Curiosamente, en las fotos que yo le di, yo salía de rubio, pero en El pagador de promesas, salía de brasileño, moreno y con los pelos rizados y teñido el cuerpo, porque salía con medio cuerpo desnudo. Pero Francisco Pérez-Dolz me dijo que no le importaba y que yo le valía para hacer “el tímido”. En la escena en la que yo participaba, salíamos dos chicos, uno tímido, que era yo, y el otro, que era un actor catalán de cuyo nombre no me acuerdo, pero que era muy bueno, era el más lanzado.
JOSÉ MANUEL CRUZ: ¿Cómo recuerdas que era Francisco Pérez-Dolz?
LUCIO ROMERO: Yo recuerdo que era una persona muy amable. Y muy catalán. Me hablaba mucho en catalán, yo le decía que no le entendía y me respondía: “¡Ah!¡Perdón!” y, entonces, me respetaba y, sin ningún problema, me daba las instrucciones en castellano. El otro actor y él sí se entendían y hablaban en catalán entre ellos. Lo que sí le dije fue una muletilla que yo digo siempre: que yo doy mucha suerte en las operas primas. Yo, después de esta película, me fui de Barcelona y ya me instalé en Madrid y, entonces, le perdí la pista. Tengo muy buen recuerdo de que, en esa misma escena, salían ese galán que era José Suárez y, también, Carlos Otero: los dos son los que están encerrados en el retrete para recuperar las armas que habían escondido allí en la cisterna. Antes de rodar, estuvimos hablando y hay que decir que José Suárez no era nada simpático. Recuerdo una anécdota que me pasó con él varios años después. En el Centro Asturiano de Madrid, en la calle del Arenal, en un palacio, que tenía un precioso salón de actos y una escalinata espectacular, allí ensayaba yo mis obras y, a cambio, les hacía una representación gratis. De una obra, Yo condeno, de Horacio Ruiz de la Fuente, la censura no permitía que transcurriera en España y se localizó al final en París. Como me la dirigió José Luis Sazatornil ‘Saza’, para situarla mejor en París puso La Marsellesa de introducción. Como José Suárez era asturiano y tenía influencia en el centro, cuando la escuchó, vino a mí como una furia diciendo: “¡Esa mierda!¡Quita esa mierda!¡No lo permito que en mi Centro Asturiano se escuche eso!”. Como si fuera el dueño, porque él, allí, hacía muchas cosas…
Lucio Romero posa con un programa de mano de A tiro limpio. A su espalda, todos sus premios y reconocimientos
JOSÉ MANUEL CRUZ: ¿Dónde se hizo el rodaje?¿En un estudio, en alguna otra ubicación…?
LUCIO ROMERO: Fue en las oficinas de las quinielas.
JOSÉ MANUEL CRUZ: Es decir, que la escena se rodó en el mismo lugar donde transcurría la acción en el guion… Algo que siempre se dice que ocurría en las películas rodadas en Barcelona, que se elegían localizaciones reales…
LUCIO ROMERO: Efectivamente. Así fue mi experiencia en A tiro limpio.
JOSÉ MANUEL CRUZ: ¿Crees que la película tuvo más trascendencia en los años posteriores que en el momento de su estreno?
LUCIO ROMERO: Sí, sin duda. Ahora, es un título de culto. Cuando Diego Galán era director del Festival de San Sebastián, me llegó a pedir el programa de mano para poder fotografiarlo y poder hacer un cartel de la película cuando la proyectó en el certamen como homenaje al film. Yo le pedí encarecidamente que me lo devolviera y me lo mandó a vuelta de correo. Me invitó al festival y allí conocí a Claudette Colbert, que era simpatiquísima, igual que en las películas, y a Peter O’Toole.
JOSÉ MANUEL CRUZ: Cuando se estrenó, ¿tuviste, por ejemplo, noticia de que se estaba proyectando en los cines?
LUCIO ROMERO: No. Yo ni me enteré del estreno. Yo ya me vine a Madrid y no me enteré de que la habían estrenado en Barcelona. Y no me acuerdo si se estrenó en Madrid porque, en esa época, yo estaba todo el día buscando trabajo de casting en casting.
JOSÉ MANUEL CRUZ: Pero eres consciente de que, ahora, se ha convertido en todo un clásico del cine negro español, ¿no?
LUCIO ROMERO: Sí, eso sí. Y quien me abrió los ojos fue Diego Galán.
JOSÉ MANUEL CRUZ: ¿Quieres decir algo para terminar?
LUCIO ROMERO: Pues que Barcelona me abrió las puertas del cine, que yo nunca lo había hecho antes. Porque yo siempre había querido hacer teatro. Yo salí de Málaga para hacer teatro y el cine me buscó a mí, no lo busqué yo a él. Y A tiro limpio me abrió el camino para otras películas.
Lucio Romero conserva este programa de mano de A tiro limpio
Como habrán podido comprobar, Lucio Romero nos ha hablado algunos aspectos del rodaje de A tiro limpio que confirman el enfoque realista del cine realizado en Barcelona y nos ha ofrecido una semblanza muy positiva de la personalidad de Francisco Pérez-Dolz, lo cual nos ayuda a obtener una imagen mucho más precisa de un título imprescindible del género negro español.







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